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Entrevista Edición N°022 · páginas 8, 9, 10 Público

Entrevista con María Cristina

Página 8 de la Edición N°022 — Foto: archivo Curacavíve

entrevista

María Cristina junto a su madre Blanca Marin Vega.

¿Qué recuerdos tienes de tu etapa escolar? Los desfiles y bailes en la plaza. Los chocolates calientes que nos preparaban apenas caía una mínima garúa y nos metían a la cama. Los paseos en la Plaza de La Serena cuando las mujeres se paseaban circulando la plaza por dentro y los hombres en sentido contrario por fuera. Así, siendo tan niña, no entendía como los más grandes se irían a conocer. La Serena tenía un misterio

colonial y Coquimbo era vida, puerto, playa. Todo un contraste. ¿Dónde vivías entonces y quiénes conformaban tu familia en esa época? Mi padre había sido un tremendo locutor de radio, pero se inició la 2ª Guerra y cómo uno de sus programas era de Opera italiana y Chile se declaró imparcial, fue vetado. Con mi madre que trabajaba en la Caja de Ferrocarriles, partieron a Coquimbo. Mi pa-

dre trabajaba en Endesa, pero su pasión siempre fue la radio. Así, era gracioso verlo terminando la cena mientras lo estaban anunciando en la Radio Minería. Se subía a su moto, volaba y en 3 minutos lo estábamos escuchando saludando a su público. Cuando mi hermano mayor entró a la Universidad, volvimos a Santiago. Eran años en que para el 18 se pintaban las casas y estrenabas vestidos de organza. Y si de recuerdos se trata:

Estaba en el piso 17 de un céntrico edificio en Santiago, habíamos una 50 personas mirando como descendían los aviones y bombardeaban La Moneda, septiembre del 73, fue impresionante. Estábamos todos casi sin respirar, de película, pasado un momento que no supe cuánto realmente fue, giré y ya no había nadie a mi alrededor, bajé, me fui a mi casa, era la única que faltaba, ni te digo cuanto me retaron.

¿Por qué circunstancias llegas a vivir a Curacaví? A fines de los 70 conocí a mi marido. Juntos quisimos salir de Santiago, conocimos Curacaví y fue un sueño. Necesitábamos aire puro, cerca pero retirado, porque esperábamos que nunca reapareciera su enfermedad, sin embargo, sucedió y falleció. Un par de años después fui invitada a formar parte del nuevo Rotary Club de Curacaví., esta Institución mundial que se dedica a servir y

hacer el bien, como dice uno de los lemas de Rotary, “servir antes de pensar en si”. Así, cada día mis raíces son más profundas en esta bella Comuna. Haber visto el avance y desarrollo de Curacaví en estos años es un privilegio. ¿Cómo comienzas a interesarte por el arte? Desde niña admiraba el mar y cómo cambiaba de color según la luz. Era fascinante. El mar, los árboles, sus hojas, su verdor, el

Bodegón de Aída cielo; todos los colores son diferentes según la luz y el movimiento. Necesitaba “tocar” los colores. Que difícil expresar con palabras el color y qué sensación tan plena sentirlos. Tengo el orgullo de haber estado con Don Carlos Pedraza, con Don Jorge Caballero y la Señora Ana Cortés, en sus talleres sentí que había un mundo en cada tela y me pareció que esa sería el camino para expresarme.

Por ahí me empezó a interesar la pintura. Luego me casé, estaba criando 2 hijos y mi marido se enfermó. Estaba preocupada de la familia, el arte seguía en espera. Ya viuda y con los hijos grandes, llegué al Taller de Jessica Díaz. Me enseñó a soltar la mano, jugar con los colores, pintar lo que quería expresar. Observación, es el término justo. Cómo rompen las olas, como se agitan las hojas con el vien-

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to, como se mueve un género, cómo se iluminan tus ojos y los míos con una alegría o cómo se nublan con una tristeza. Es que así es la vida: llena de instantes que quisiera tener para siempre pero que cada uno es único, no se repite y yo quiero dejarlos en una tela. ¿A qué artistas admiras y por qué? El impresionismo es maravilloso, Admiro a Manet, Monet, Renoir, Degas y tantos otros. Me marcaron las gra-

Publicado originalmente en la Edición N°022 · páginas 8–10 del ejemplar impreso.
Con el apoyo de