Inauguración Museo Coculcom
Página 19 de la Edición N°051 — Foto: archivo Curacavíve
La Bailarina (Gabriela Mistral) La bailarina ahora está danzando la danza del perder cuanto tenía. Deja caer todo lo que ella había, padres y hermanos, huertos y campiñas, el rumor de su río, los caminos, el cuento de su hogar, su propio rostro y su nombre, y los juegos de su infancia como quien deja todo lo que tuvo caer de cuello, de seno y de alma. En el filo del día y el solsticio baila riendo su cabal despojo. Lo que avientan sus brazos es el mundo que ama y detesta, que sonríe y mata, la tierra puesta a vendimia de sangre la noche de los hartos que no duermen y la dentera del que no ha posada.
Participantes disfrutando de la presentación del proyecto.
Mariela Lira interpretó hermosas canciones a las presentes
Sin nombre, raza ni credo, desnuda de todo y de sí misma, da su entrega, hermosa y pura, de pies voladores. Sacudida como árbol y en el centro de la tornada, vuelta testimonio. No está danzando el vuelo de albatroses salpicados de sal y juegos de olas; tampoco el alzamiento y la derrota de los cañaverales fustigados. Tampoco el viento agitador de velas, ni la sonrisa de las altas hierbas. El nombre no le den de su bautismo. Se soltó de su casta y de su carne sumió la canturía de su sangre y la balada de su adolescencia. Sin saberlo le echamos nuestras vidas como una roja veste envenenada y baila así mordida de serpientes que alácritas y libres la repechan, y la dejan caer en estandarte vencido o en guirnalda hecha pedazos.
En la inauguración acompañaron las obras de las artistas visuales: Ana Sanhueza (integrante del Colectivo La Yaca), Coté Rojas Parra y Alejandra Parra.
Sonámbula, mudada en lo que odia, sigue danzando sin saberse ajena sus muecas aventando y recogiendo jadeadora de nuestro jadeo, cortando el aire que no la refresca única y torbellino, vil y pura.
Nelda Calderón, directora del museo Coculcom
Danahe Larrañaga Barraza, estuvo a cargo de la conducción, además de lectura literaria junto a Carolina Moreno Peñaloza.
Somos nosotros su jadeado pecho, su palidez exangüe, el loco grito tirado hacia el poniente y el levante la roja calentura de sus venas, el olvido del Dios de sus infancias.