Conversamos con Margarita Maino Prado del voluntariado de la Fundación Elisabeth Kübler-Ross Chile
Página 13 de la Edición N°054 — Foto: archivo Curacavíve
Margarita junto al médico veterinario Sebastián Jiménez Evans, también conocido coloquialmente por el sobrenombre de Lindorfo
nes llega hasta su hogar para acompañarlos, compartir con ellos y brindarles esa presencia afectuosa que, muchas veces, puede ser tan necesaria como cualquier otro apoyo. Porque acompañar también significa estar presente, escuchar, conversar y compartir un momento. Y para Ramón y Margarita, esos encuentros semanales se han convertido en un espacio de cercanía y cariño que valoran profundamente. Ramón recuerda especialmente a quienes han llegado para acompañarlos y ayudarlos en momentos concretos. Para él, esos gestos tienen un valor enorme, porque a medida que pasan los años, algunas personas se alejan, los círculos se hacen más pequeños y las dificultades pueden aumentar. Por eso, encontrar a alguien dispuesto a acompañar adquiere un significado especial. En la conversación, Ramón vuelve varias veces a la importancia de las personas que aparecen en el camino. Quizás porque él mismo sabe cuánto puede significar una persona que decide quedarse. Su abuela estuvo allí cuando era joven, Margarita estuvo allí durante toda su vida, y hoy él está allí para ella, sesenta años después. En 1962 eran dos adolescentes que apenas comenzaban a descubrir el mundo, él tenía 14 años, ella 12. Había cartas escondidas entre revistas, caminatas interminables, refrescos en una fuente de soda y una familia que observaba de cerca aquel romance. Después llegaron el matrimonio, los hijos, las pérdidas, los negocios, los cambios, los nietos, los viajes y miles de días compartidos. También llegaron las dificultades que ninguno de
los dos podía imaginar cuando se conocieron. Hoy, Margarita enfrenta una enfermedad que ha cambiado muchas cosas, pero hay algo que no ha cambiado, Ramón sigue a su lado y cuando habla de ella, no habla solamente de la mujer con quien se casó, habla de su compañera, de su cómplice, de la mujer que estuvo presente cuando no tenían casi nada y que ayudó a convertir una casa de piso de tierra en un hogar, de la mujer que trabajó junto a él para sacar adelante a su familia, de la mujer que le enseñó, sin grandes discursos, a perseverar. Quizás por eso, después de más de seis décadas, la historia de Ramón y Margarita no necesita grandes palabras para explicar qué es el amor. Basta una imagen, dos personas caminando juntas y una mano que, pese al paso del tiempo, todavía busca la otra.
Conversamos con Margarita Maino Prado del voluntariado de la Fundación Elisabeth Kübler-Ross Chile ¿Cómo conoció a Margarita y Ramón? Conocí a Margarita y a Ramón a través de la Fundación. Cuando se hizo el llamado a voluntarios para acompañar a familias de Curacaví, decidí ofrecerme. Yo ya visitaba a otra familia del sector de El Ajial, que está bastante alejada de Curacaví y a la que podía resultar más difícil acceder
Margarita y Ramón junto a Luis Dimas
a otros voluntarios. Sentí que podía aportar desde ese lugar y no dudé en hacerlo. ¿Qué recuerda de la primera visita? Me quedé a cargo de Margarita que estaba en cama, ya que su marido debía ir al hospital acompañado por Patricia Alfaro, sicóloga de la fundación. Margarita se entregó fácilmente a mi compañía. ¿Qué fue lo primero que le llamó la atención de ellos? El amor y la devoción que se tenían. Me mostraron fotos e historias de cuando estaban bien de salud con una familia muy unida, una época con mejor pasar económico. ¿Qué sintió al salir de esa primera visita? Que se había producido una conexión y que seríamos amigos. Después de su experiencia como voluntaria ¿cómo describiría la relación que ellos tienen hoy? Con respecto a ellos sigue inamovible su amor y paciencia. Con respecto a mí, les tengo un cariño inmenso, son amigos con los cuales comparto mis experiencias, errores y aventuras, lo cual les parece muy bien y además les entretiene, y ellos me comparten a su vez, sus experiencia y necesidades. ¿En qué momento sintió que ya no era solamente una voluntaria? Desde el primer día. ¿Qué ha aprendido de ellos? Su capacidad para afrontar con esperanza y buena voluntad las dificultades y cambios que te da la vida. ¿Qué le han enseñado sobre el amor? Que cuando encuentras a la
persona de tu vida, el amor es indestructible. ¿Hay alguna anécdota que recuerdes con especial cariño? Más bien una anécdota graciosa…la primera vez que los visité, Margarita estaba en cama y me senté en lo que creía era una silla, ellos no se atrevieron a decir nada, pero realmente era el baño que ella tenía en la pieza, ahora muchas veces nos reímos de mi chascarro. ¿Qué significa para usted entrar a su casa? Me siento muy cómoda. ¿Qué significa acompañar para usted como voluntaria? En mi colegio durante los 4 últimos años, el hacer voluntariado era parte de la malla de estudios, todas las tardes de los miércoles y los sábados en la mañana, hacíamos voluntariado en poblaciones, hospicios o sanatorios. ¿Por qué decidió hacer este voluntariado? Hacer algo por los demás me hace feliz. ¿Qué le diría a vecinos de Curacaví para que se sumen como voluntarios? El voluntariado que hacemos nos da sentido, nos da propósito, tomamos consciencia de otras realidades, conocemos amigos y como si fuera poco nos da amor. ¿Cómo ha cambiado su propia vida desde que comenzó a acompañarlos? En realidad, siento que he retomado aquellos tiempos en que mi vida tenía mucho sentido. Acompañar a Margarita y Ramón me ha permitido volver a conectar con una parte de mí, la de estar presente para otros, escuchar, compartir y sentir que mi tiempo puede tener un propósito más allá de mis propias preocupaciones.