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Cultura Edición N°054 · páginas 19 Público

Orfeo, Trilce, Arúspice y Tebaida

Página 19 de la Edición N°054 — Foto: archivo Curacavíve

ORFEO, TRILCE, ARÚSPICE Y TEBAIDA Por Julián Gutiérrez Escritor

Las revistas que en los años sesenta convirtieron la poesía chilena en una conversación entre territorios, generaciones y sensibilidades. En los años sesenta, las revistas Orfeo, Trilce, Arúspice y Tebaida fueron mucho más que publicaciones literarias: constituyeron lugares de encuentro, discusión y formación desde los cuales una nueva generación de escritores comenzó a reconocer su propia voz y a preguntarse qué significaba escribir poesía en un país que estaba cambiando. Hay, en este fenómeno, un aspecto especialmente significativo: su carácter descentralizado. Santiago continuaba siendo el principal centro cultural del país, pero algunas de las energías más renovadoras de la poesía surgieron lejos de la capital. Valdivia, Concepción y Arica se convirtieron en puntos de irradiación de proyectos editoriales que, mediante redes de amistad, correspondencia e intercambio, fueron articulando una escena poética que ya no podía pensarse exclusivamente desde el centro. Cada revista desarrolló, a su vez, una sensibilidad propia. Orfeo, desde Santiago, abrió sus páginas al diálogo entre tradiciones y tendencias diversas; Trilce, desde Valdivia, contribuyó a configurar una conciencia generacional renovadora; Arúspice, desde Concepción, encontró en la amistad intelectual y en la

libertad creadora las bases de una comunidad poética; Tebaida, desde Arica, incorporó con particular intensidad las dimensiones histórica y política de la experiencia contemporánea. Su relación con la tradición fue igualmente compleja. Estos poetas no necesitaban destruir el pasado para afirmar una escritura nueva. Lo que buscaban era leerlo de otra manera, someter sus herencias a nuevas preguntas y encontrar en ellas posibilidades todavía abiertas. La presencia de Nicanor Parra, Gonzalo Rojas, Enrique Lihn y Jorge Teillier resulta decisiva en este proceso: cada uno ofrecía una vía distinta para pensar la renovación del lenguaje, la relación entre poesía y experiencia y las posibilidades de una escritura contemporánea. Por eso resulta difícil hablar de una sola «poesía emergente» de los años sesenta. No se trataba

de un programa compartido, sino de una constelación de voces que, cada una a su modo, volvía sobre las mismas preguntas: cómo acercarse a la experiencia cotidiana, cómo revisar los lenguajes heredados y cómo situar la poesía frente a las tensiones entre historia, subjetividad y comunidad. Que ninguna doctrina unificara esas búsquedas fue la condición misma de una renovación que se sostuvo, precisamente, en su diversidad. Vista desde el presente, la importancia de aquellas revistas excede ampliamente el marco de los años en que circularon. Muchas de las voces que entonces aparecían como emergentes (entre ellos, Omar Lara, Waldo Rojas, Walter Hoefler; Oliver Welden, Oscar Han, Alicia Galaz; Floridor Pérez, Enrique Giordano, Jaime Quezada; Gonzalo Millán, Naín Nómez) terminaron ocupan-

do un lugar decisivo en la poesía chilena contemporánea: prueba de que aquellas publicaciones no fueron episodios de una historia ya concluida, sino espacios de gestación. Quizás por eso Orfeo, Trilce, Arúspice y Tebaida siguen siendo algo más que documentos de época: en sus páginas quedó registrada una experiencia cultural excepcional, la de distintas comunidades de escritores que, asumiendo el espíritu colectivo de lo humano, intentaron imaginar otras formas de escribir, leer y vivir la poesía. Enrique Valdés, en una de las páginas de Trilce decía: “Del pequeño dios, optamos por el descenso al hombre común y de éste al ciudadano… La nueva poesía es una recuperación y un avance. Recuperamos para lo lírico el terreno más amplio de la vida común de todo lo existente…”

Publicado originalmente en la Edición N°054 · páginas 19 del ejemplar impreso.
Con el apoyo de