Marycarmen Santos Hojas
Página 11 de la Edición N°016 — Foto: archivo Curacavíve
ace dos años que vivo en Curacaví. Soy la menor de ocho hermanos y como mi padre trabajaba en una empresa internacional, teníamos que viajar constantemente, por ese motivo nací en San Francisco, California en Estados Unidos. Regresé a Chile cuando cumplí los cinco años y recuerdo que me encantaba ir todos los sábados a la librería Universal en Santiago cuyo dueño era mi querido abuelo Manuel Hojas. Allí era feliz, también había una frutería, un local de papas fritas y siempre me regalaban cosas en esos locales, yo feliz. ¿Dónde comenzaste tus estudios? Estudié en varios colegios. Finalmente egresé del Colegio Saint George con muy buenas notas, era muy “perna”, muy matea, más bien tímida. Creo que mis actividades posteriores en teatro me ayudaron a relajarme y liberar mis tensiones. Yo quería ser actriz,
pero mi familia deseaba que yo estudiara una carrera relacionada a Ingeniería, Medicina o Derecho, no me aceptaban nada relacionado a lo artístico. En ese sentido yo me sentía un poco distinta a mi familia, no era tan rígida y por lo tanto comencé a desmarcarme. Hubo situaciones familiares con las que yo no estaba de acuerdo, en fin, como no me atreví a revelarme ni ser contestataria, tuve finalmente que estudiar Ingeniería Comercial, fue ofuscante, no me gustaba la dinámica de esa carrera, sin embargo, me titulé con buenas calificaciones. Como yo hacía teatro, que era lo que me gustaba, comencé posteriormente a focalizarme en la gestión cultural, es decir poner al servicio del mercado a los artistas e insertarlos en el trabajo para que vivieran del arte. ¿Cómo fue esa experiencia? Trabajaba para la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile,
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y para el Teatro Nacional Chileno, era “heavy”, hacía una pega que era muy entretenida, sin embargo, yo quería estar en el escenario, era un poco frustrante. En todo caso esto me gustaba muchísimo más que haber trabajado en Chilectra, en la cual estuve por un corto tiempo, afortunadamente. A los 18 años me puse a trabajar de mesera, junté algo de plata y a los 20 años me fui de casa. Arrendé una habitación en la calle Coquimbo con Lira, después me fui a la calle Lira con Marín y luego a la calle Blas Cañas donde viví por harto tiempo. Cuando me dirigía a la Universidad en la calle Diagonal Paraguay con Portugal, tenía que pasar por la calle Jofré y siempre me llamaba la atención un espacio, donde habían varios talleres de artistas, de la cerámica, orfebrería y escultura. Ese taller finalmente se tuvo que ir del lugar porque el dueño había vendido el terreno para un proyecto inmobiliaria, esto hace unos quince años
atrás. Los mismos integrantes de orfebrería y cerámica del taller formaron una agrupación que llamaron Taller Villaseca. Posteriormente terminé la carrera, me puse a trabajar y como me mantuve más estable, decidí tomar clases de cerámica. En el año 2009 ingresé al Taller Villaseca. Después de unos cuatro años me enteré de que eran los mismos del Taller Jofré que tanto me llamaba la atención. Asistía una vez a la semana, 2 horas y media, se me hacía muy poco, así es que puse una mesa en mi casa y comencé a hacer mis primeros trabajos. Llevaba las piezas a quemar al Taller Villaseca al tiempo ellos consideraron que llevaba mucha cantidad de piezas, estaba produciendo mucho. Dudaba de seguir. Dadas ciertas circunstancias de salud, comencé a cuestionarme lo que estaba haciendo. ¿Estaré haciendo lo que me gusta? Me preguntaba. Tenía mucho trabajo estadístico y de gestión, era entretenido, pero no era algo que me llenara completamente… no era apasionante. Quería comprar una parcela e instalar un taller, vivir más tranquila y trabajar. Hace dos años que vivo en Curacaví y
Narradores
“Para mi, este oficio es una necesidad, necesito meter las manos al barro, me ordena, siento una satisfacción plena”
en este momento sigo trabajando con mi empresa consultora que se llama PuntoCultura. Participé en muchas licitaciones, pero no daba resultado entonces decidí poner toda mi energía en la cerámica. Postulé a un Capital Abeja y lo gané y todo el conocimiento comercial y cultural que tengo, lo aplico para mover mis productos. Tengo mucha fe que esto tomará vuelo.
mi trabajo. Pienso que las posibilidades que nos da la cerámica son infinitas, todo lo que tiene límite a mí me ahoga, y en ese sentido me siento feliz con este oficio Antes de empezar a realizar los diversos pedidos, hago cosas libres, es una especie de improvisación. Y siempre hago más de la cantidad que me piden, fundamentalmente por las mermas que se producen.
¿Qué sientes cuando trabajas con la arcilla? Para mi este oficio es una necesidad, necesito meter las manos al barro, me ordena, siento una satisfacción plena. La arcilla me calma, me obliga a respirar, es como una meditación, es estar aquí y ahora dándole forma y vida a un puñado de arcilla. Me emociona ver como arde la materia en el horno a 900 grados y luego aplicar el esmalte, que es un trabajo de ingeniería notable, para que resulte hermosa la pieza. Así fluye
En este oficio nunca termino de aprender porque yo sigo tomando cursos. El año pasado fui a Panguipulli, donde aprendí a realizar figuras de la cultura Pitrén, cerámica mapuche de hace unos trecientos años atrás y de los cuales no hay ancestros. Hubo un
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sino la pieza como resultado final. Siento que al artesano le gusta estar moldeando y no figurando. Sin desmerecer el trabajo del artista, que por escencia transmite mensajes con su obra. ¿Qué te ocurre cuando vendes una pieza de tu autoría? Me doy cuenta de que hay que aprender a desprenderse, que la pieza se vaya feliz. Me ha ocurrido que he ido de visita a casas de algunas amigas y veo mis piezas ya olvidadas, pero es muy reconfortante volver a verlas y tocarlas.
“Me emociona ver como arde la materia en el horno a 900 grados” rescate de estas figuras a través de un Fondart y aprendí muchísimo con la agrupación Widülafken, quienes aprendieron de la profesora María Jesús Seguel, ella impulsó esta iniciativa. ¿Admiras a alguien? Admiro a muchos, principalmente a Juan Francisco Leal y a Pamela Villanueva del Taller Villaseca, tanto por su oficio como por la calidad humana. Pamela Fernández también tiene una calidad humana increíble. José Domingo Prado es otro maestro a quien admiro. ¿Qué valoras de este oficio? Yo valoro mucho el oficio de ciertos sectores como lo que ocurre en Panguipulli con la cultura Pitrén, las alfareras de Quinchamalí, la cerámica de Pomaire, Guangualí, Florida, y San Pedro de Atacama, porque el artesano en si es un artesano incógnito o anónimo a diferencia de un artista. Hay muchas piezas que no tiene nombre. Entonces hay una diferencia entre arte y artesanía, dado que la característica de la artesanía cumple una función utilitaria, sirve para una función. También incorpora lo ritual, tiene espiritualidad y aquí no es el artesano lo relevante
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¿Y las esferas, que función cumplen? Siento que necesito hacerlas, siento que es un desafío, hay mucho trabajo y me pone a prueba. Siento que lo femenino y la espiritualidad es redonda como la esfera. A las personas les gusta sentir la textura y “palpar” los colores. ¿Qué proyección tienes para el futuro? Me gustaría transmitir este oficio, hacerlo crecer, que deje de ser descalificado. Uno puede dedicarse y trabajar en este oficio. Siento que en los niños este oficio le es muy interesante. Todo este espacio quiero destinarlo para los talleres, con el horno de Raku. Quisiera que vengan las personas a quemar sus piezas que hagan sus quemas de leña acá. Tener distintas opciones de quema para otros ceramistas. Un espacio de creación y desarrollo del oficio. Habilitar un espacio de residencia para que vengan artesanos y nos enseñen otras técnicas y seguir fomentando el desarrollo y el rescate de nuestra cerámica, sacando la arcilla de nuestra tierra. Como reflexión final, siento que el barro es tierra y es tan generosa con la vida, nos da las plantas y podemos comer gracias a ella. Cuando morimos, volvemos a la tierra, siento que algo perdura y esto es irreversible. La arcilla y el trabajo del alfarero es primigenio, es originario y no terminará nunca.
Curacavíve