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Comunidad Edición N°054 · páginas 10, 11, 12 Público

Caminando Juntos...

Página 10 de la Edición N°054 — Foto: archivo Curacavíve

AGOSTO 2026

CAMINANDO JUNTOS

Ramón y Margarita se conocieron cuando ella tenía 12 años y él 14. Más de seis décadas después, siguen hablando de respeto, paciencia, complicidad y amor. Hoy, mientras Margarita enfrenta el Parkinson, Ramón permanece a su lado como lo ha hecho durante toda una vida: caminando juntos.

Hay historias de amor que comienzan con una gran declaración. La de Ramón Acevedo y Margarita Mora comenzó de una manera mucho más sencilla: dos adolescentes que se convirtieron en vecinos en Curacaví. Era agosto de 1962, aproximadamente, poco después del Mundial de Fútbol realizado en Chile. Ramón tenía 14 años y Margarita apenas 12 cuando sus caminos comenzaron a cruzarse. Él la vio por primera vez una tarde y, sin saberlo, acababa de conocer a la mujer con quien compartiría el resto de su vida. El comienzo fue inocente, propio de una época en que el amor se construía lentamente. Ramón era coleccionista de revistas y aprovechaba sus páginas para esconder pequeñas cartas que le hacía llegar a Margarita.

Después esperaba, con ansiedad, la respuesta. Así nació el pololeo. No todo fue fácil. La madre de Margarita no estaba demasiado convencida de aquella relación adolescente. Pero Ramón tenía un aliado dentro de la familia: el padre de ella, que veía con buenos ojos al joven que comenzaba a acercarse a su hija. Los paseos eran sencillos, una caminata, un refresco, una visita a una fuente de soda.

Nada extraordinario para contar, salvo por una razón: aquellos pequeños momentos fueron construyendo una relación que sobreviviría a los años. La música también fue parte de ese comienzo. Ramón recuerda el rock and roll y las canciones de los años cincuenta Aprendió a bailar con Margarita. Pero había una condición que hoy puede resultar curiosa: nunca salían completamente solos, siempre había una acompañante. Margarita tenía cuatro hermanas, eran, en cierta forma, las primeras “guardias” de aquel romance. Una mujer que aprendió temprano a ser fuerte Detrás de aquella adolescente que comenzaba a enamorarse había una historia que Ramón conoció y admiró con el paso del tiempo. Cuando Margarita era todavía una niña, su madre enfermó y ella tuvo que asumir responsabilidades que no correspondían a su edad. Se quedó cuidando a sus hermanos y aprendió tempranamente a hacerse cargo de una casa. A los 12 años ya tenía comportamientos y responsabilidades de una mujer adulta. Hacía pan, cuidaba a sus hermanos y se acostumbró a enfrentar las dificultades con responsabilidad, quizás por eso Ramón la recuerda como una mujer especial desde sus primeros años. Y hubo alguien que pareció advertirlo antes que todos: la abuela de Ramón. En una de esas conversaciones familiares, le dijo una frase que él jamás olvidó:“Esa es la mujer tuya.” La frase quedó instalada en su memoria. Con los años, Ramón terminó comprendiendo que su abuela había visto algo que él todavía no alcanzaba a dimensionar. Caminar para encontrarse Hoy resulta difícil imaginarlo, pero en aquellos años gran parte de la vida cotidiana transcurría caminando. Ramón trabajaba y estudiaba, y muchas veces buscaba la manera de conseguir permiso para salir antes y acompañar a Margarita hasta su casa. El romance tenía algo de aventura, él buscaba cualquier oportunidad para verla, incluso cuando eso significaba recorrer largas distancias. En una ocasión, su jefe descubrió que Ramón se retiraba antes de tiempo. En lugar de castigarlo, terminó comprendiendo la situación y buscó una solución para que pudiera cumplir con su trabajo y, al mismo tiempo, continuar viendo a la joven de la que estaba enamorado. Era otra época, el amor necesitaba tiempo, paciencia y, muchas veces, largas caminatas. El día del casamiento Después de varios años de pololeo llegó el momento de dar el paso definitivo. Margarita tenía 18 años y Ramón 20, según recuerdan durante nuestra conversación. La fecha quedó marcada: 17 de diciembre de 1968. Pero el día del matrimonio estuvo lejos de ser tranquilo. Ramón había avisado con anticipación a su suegro que se casarían y, sin embargo, cuando llegó el momento de acudir al Registro Civil de Independencia en Santiago, él no llegaba. Pasaron las horas, las nueve de la mañana, las diez, las once y su suegro no llegaba para dar su consentimiento. La familia comenzó a preocuparse. El padre de Ramón estaba indignado y la espera se hacía cada vez más larga. Finalmente, un amigo salió a buscarlo. Lo encontró y emprendieron el viaje para llegar al Registro Civil. El matrimonio estuvo a punto de transformarse en una historia que habría terminado antes de comenzar. Y aquel 7 de diciembre de 1968, finalmente, Ramón y Margarita se casaron. Después no hubo una gran celebración, pasaron por una fuente de soda, tomaron algo y regresaron a casa, la abuela de Ramón estaba feliz. Construir un hogar cuando no había casi nada Los primeros años fueron de esfuerzo. No tenían grandes comodidades, la casa tenía piso de tierra y los recursos eran escasos. Pero Margarita tenía una característica que Ramón destaca una y otra vez: quería que todo fuera bonito. Con ingenio, convirtió cajones de manzana en veladores, era una pequeña solución para una gran necesidad: transformar una casa sencilla en un hogar. Entonces llegó su primer hijo, la felicidad, sin embargo, duró poco, el niño falleció cuando tenía cuatro años. Fue una de las primeras grandes pérdidas que debieron enfrentar juntos. Después llegaron sus tres hijas y la familia comenzó a crecer, Ramón y Margarita aprendieron entonces algo que terminaría convirtiéndose en una constante de sus vidas: cuando aparecía una dificultad, había que buscar la manera de salir adelante. El trabajo como forma de construir una vida Ramón siempre tuvo espíritu independiente, trabajó en distintos lugares, hasta que comenzó a desarrollar sus propios negocios. Junto a su hermano compró un camión y empezó a transportar materiales. Más adelante vendrían otros camiones y nuevos emprendimientos. Pero la vida económica del país también fue marcando sus decisiones, hubo momentos en que el trabajo relacionado con los camiones se complicó. Entonces apareció una nueva posibilidad: la crianza y venta de gallinas. Compraban las aves, las transportaban y las llevaban a su casa. Margarita también participaba de esas actividades. Después vendrían otros negocios, un mercado persa, la venta de discos y distintos emprendimientos que fueron desarrollando con imaginación y esfuerzo.Incluso llegaron a comprar un Chevrolet de 1937. La vida de Ramón y Margarita nunca siguió una línea recta, fue más bien una sucesión de intentos, cambios y nuevas oportunidades, cuando una puerta se cerraba, buscaban otra, una casa, un almacén y miles de horas de trabajo. Con el tiempo llegaron nuevos proyectos Ramón consiguió instalar un negocio que comenzó modestamente y terminó transformándose en un almacén de barrio con una importante actividad. Vendían grandes cantidades de pan diariamente. El trabajo comenzaba temprano y, en determinados períodos, prácticamente no terminaba, Fiestas Patrias, Navidad, Año Nuevo, los días festivos podían significar más trabajo, no descanso. Fueron años duros, pero también fueron años de construcción. Después vino la fabricación de envases para fruta y, posteriormente, la cajonería. Margarita volvía a aparecer como una pieza fundamental del proyecto familiar. Mientras Ramón buscaba clientes, materias primas y oportunidades, ella trabajaba en la producción. La empresa creció Llegaron nuevos terrenos, nuevos talleres y nuevos proyectos. En algún momento, Ramón consiguió arrendar un terreno en San Bernardo que estaba prácticamente abandonado. Había una casa deteriorada, galpones y dependencias que podían transformarse en una nueva oportunidad. Lo hizo. Y durante años desarrollaron allí una actividad empresarial que les permitió mantener a su familia y dar trabajo a otras personas. Más que socios: compañeros Si hay algo que atraviesa toda la conversación es que Ramón nunca habla de sus actividades como emprendimientos exclusivamente personales, habla de ellos, de lo que hicieron juntos, de las decisiones que tomaron juntos, de los problemas que resolvieron juntos y, especialmente, de Margarita. Cuando recuerda esos años, reconoce que ella fue mucho más que su esposa, fue su compañera, su apoyo y, en muchos momentos, su cómplice. La familia también fue creciendo. Llegaron las hijas, los nietos y posteriormente nuevas generaciones. La casa se convirtió en un espacio de encuentro. Hubo viajes, celebraciones y momentos de descanso. Después de tantos años de trabajo, también aprendieron a disfrutar. Cuando la enfermedad cambió el camino La historia dio un giro cuando Margarita comenzó a presentar problemas de salud. Al principio fueron dificultades en las piernas, Ramón comenzó entonces una búsqueda de respuestas médicas. Consultaron especialistas y, finalmente, llegó el diagnóstico de Parkinson. El momento fue duro. Ramón recuerda aquel día como uno de los más tristes. Desde entonces, la vida de ambos comenzó a organizarse alrededor de una nueva realidad, la enfermedad no solo afecta a quien la padece, también transforma la vida de quien acompaña y Ramón decidió acompañar, no como una obligación, sino como una consecuencia natural de todo lo que habían construido juntos. En la entrevista lo explica con una claridad que resume buena parte de su manera de entender el amor.

Cuando Ramón tiene que definir a Margarita, las palabras parecen quedarle pequeñas. Habla de ella como una mujer excepcional, una buena madre, una compañera, una mujer con la que pudo construir una familia y atravesar las distintas etapas de la vida.

“Lo principal es acompañar y dar lo mejor de sí.” Sabe que hay días difíciles, que existen momentos de confusión, cansancio y frustración. Pero también sabe que abandonar nunca ha sido su manera de enfrentar la adversidad. Habla de paciencia, de perseverancia, de buscar cada día la manera de vivir mejor y, sobre todo, de permanecer al lado de la persona que ama. “No hay que abandonar” Ramón ha visto situaciones en que las enfermedades terminan separando a las parejas. Personas que no logran soportar el desgaste físico y emocional de los años. Él lo mira de otra manera, dice que siempre ha tratado de enfrentar las dificultades de frente. Y reconoce que esa fortaleza, también la aprendió de Margarita. “Siempre fue muy especial”, dice al recordarla. La describe como una mujer perseverante, positiva y luchadora. Entonces aparece una de las confesiones más profundas de toda nuestra conversación: “Si no hubiera tenido esa mujer, no hubiera…” La frase queda suspendida, pero el sentido es evidente, Margarita ha sido parte fundamental de quien él es.

Volverían a elegirse

Hay una pregunta que parece sencilla, pero que adquiere otro significado después de más de seis décadas de vida compartida: Si pudieran volver atrás, ¿se elegirían nuevamente? La respuesta de Ramón es inmediata. Sí. Margarita también. No necesitan elaborar demasiado la respuesta, después de los años difíciles, de la pérdida de un hijo, de los problemas económicos, de los negocios que funcionaron y de los que fracasaron, de los cambios de casa, de los viajes, de los hijos y nietos, de las enfermedades y de las dificultades, la respuesta continúa siendo la misma: Sí. Se elegirían nuevamente. El secreto, según Ramón cuando le preguntan qué consejo entregaría a los jóvenes que comienzan una relación, Ramón no habla de fórmulas mágicas, habla de algo mucho más sencillo: Respeto, respetarse mutuamente, aprender a soportarse, darse espacio, apoyarse. Y, por sobre todo, mantener el amor y la complicidad. “El apoyo entre el hombre y la mujer es importante”, sostiene. También reconoce que muchas veces los hombres son inmaduros y que las mujeres terminan enseñándoles lecciones de vida. En su caso, dice haber aprendido muchas cosas de Margarita. Y entonces vuelve a una imagen que parece resumir toda esta historia: caminar juntos y tomados de la mano.

Una mujer excepcional

Cuando Ramón tiene que definir a Margarita, las palabras parecen quedarle pequeñas. Habla de ella como una mujer excepcional, una buena madre, una compañera, una mujer con la que pudo construir una familia y atravesar las distintas etapas de la vida. Pero quizás la mejor definición aparece cuando habla de la complicidad, porque eso es lo que han sido durante más de seis décadas: cómplices. Han compartido sueños, dificultades, trabajos, pérdidas, alegrías y decisiones. Y hoy, cuando la enfermedad ha cambiado el ritmo de sus días, esa complicidad adquiere una nueva dimensión. Ya no se trata de caminar largas distancias para encontrarse. Ahora se trata de estar, de acompañar, de esperar, de tener paciencia, de sostener la mano del otro cuando el camino se vuelve más difícil. El amor también puede ser compañía En los últimos años, Ramón y Margarita han encontrado también apoyo y compañía a través de la Fundación Elisabeth Kübler-Ross Chile y del voluntariado que esta institución ha logrado desarrollar en Curacaví. En ese camino, ha ocupado un lugar especialmente significativo Margarita Maino Prado.

Publicado originalmente en la Edición N°054 · páginas 10–12 del ejemplar impreso.
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