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Cultura Edición N°055 · páginas 21 Público

Llama diminuta es la escritura

Página 21 de la Edición N°055 — Foto: archivo Curacavíve

LLAMA DIMINUTA ES LA ESCRITURA Por Julián Gutiérrez Escritor

Sobre la poesía de Sergio Rodríguez Saavedra Leonardo Sanhueza sugiere en La partida fantasma (2018) que el destino literario nace de los primeros lances imaginativos de la infancia, en especial de la fascinación por el fuego. Ante una vela o unas brasas, el niño aprende que la llama puede controlarse, pero no dominarse, y así “asiste al misterio de la literatura”. Es una imagen de belleza y miedo que remite a Prometeo y al ansia, según Bachelard, de “mirar un más allá de lo ya visto”. Esa búsqueda, que en la poesía chilena tiene en Enrique Lihn y Jorge Teillier a dos de sus figuras señeras, llega hasta hoy con voz propia en Sergio Rodríguez Saavedra (Santiago, 1963), de la promoción Pos-87. Su Antología, que reúne ochenta poemas y más de dos décadas de oficio, es la muestra necesaria para quien quiera adentrarse a una obra que podría condensarse en un verso: “Llama diminuta es la escritura”. Y en una convicción: “un hombre envejece / sólo cuando olvida su primer sueño”. Una comunidad que resiste Sus libros dan voz a quienes la Historia, escrita con mayúscula,

dejó sin sueños: el ídolo popular reducido a una “pega mal asalariada” en Suscrito en la niebla; la ciudad en ruinas de Ciudad poniente; los mineros, pescadores, campesinos, mujeres, ancianos y niños del norte y del sur en Memorial del confín de la tierra; los changos, población indígena negada, en Patria negra patria roja. Son sujetos degradados y vulnerables, pero conscientes de su condición, para quienes honrar la memoria es una forma de

resistir. Un Prometeo degradado En el plano de la escritura, su poética asume una honesta precariedad. En Tractatus y mariposa el poeta es un Prometeo que roba el fuego y termina incendiado en la calle; en Militancia personal, la palabra iluminadora está amenazada por la lluvia, la niebla y la noche; en Ejercicios para encender el paso de los días, la escritura es “el reflejo de un cabo de vela” que alguien

sueña para quien levante los ojos en busca de una última esperanza. Esa luz mínima alcanza su mayor coherencia en Días como peces (2020), donde un abuelo y un niño pescan en la orilla algo de infinito: “un hombre y un niño / [que bien] pueden ser un niño y un hombre”. El niño que fuimos Esta poesía es, a la vez, crítica de una realidad injusta y visión de otra posible. Lo ancestral aparece como reserva de esperanza, en diálogo con la cultura mapuche, que Elicura Chihuailaf describe como “una cultura de los Pewma / de los sueños”. Y el niño que fuimos es la prueba de que esa comunión existió: “Seré aquel niño que cruza / cargando entre ausentes la memoria de su padre”. Rodríguez Saavedra instala así la esperanza como condición ética, en línea con Jorge Millas, para quien lo humano es oponer “al devenir ciego, la acción consciente; al ataque, la resistencia; a la fatalidad, la voluntad creadora”. Leer esta Antología es asomarse a una llama pequeña que sigue encendida: la de una poesía que, entre la niebla y la noche, insiste en resistir con memoria y ternura. Sergio Rodríguez Saavedra, Antología. Santiago (Chile): Ventana Abierta Editores, 2026. 132 páginas.

Publicado originalmente en la Edición N°055 · páginas 21 del ejemplar impreso.
Con el apoyo de