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Cultura Edición N°051 · páginas 15 Público

PALABRAS HABITADAS - Sobre la poesía de Jorge Rosas Godoy

Página 15 de la Edición N°051 — Foto: archivo Curacavíve

Jorge Rosas Godoy (Chillán, 1962), es un escritor relevante de la promoción post 87 chilena. Segmento generacional compuesto, como se sabe, por poetas nacidos en la década del 60, que reciben su formación en el contexto de la dictadura civil militar y que emergen a la escena pública a mediado de los ochenta. Es en este escenario donde Rosas se sitúa y, desde Chillán, se le reconoce como integrante y referente de una expresión poética que, fuertemente anclada al fin de siglo y sus desmoronamientos, contribuye a ampliar el panorama poético del país. Su obra poética está compuesta por: Primera Obra Flaca. A Colmillo Regalao no se le ve Caballo (1992), Hombre Mirando al sur (1994), La vida en la muerte hace trilogía (Homenaje a Cristian Carreño) (1994), “Mall-iposas” (2006), “Mall-ipájaros” (2011), ¡“Ay mi Dios!” (2017) y Antología personal (2024): libro donde el autor reúne gran parte de su obra escrita entre 1985 y 2016. Se trata de un trabajo que, por su trayectoria y desarrollo, da cuenta de una práctica escritural compleja, de gran rigurosidad y consistencia. Portadora de una voz anclada a una tradición amplia y diversa, y de la que él mismo nos da cuenta en una reciente entrevista: “Los autores que me influyeron fueron algunos profetas (leídos en una biblia vieja y ajada), los clásicos españoles. Después los grandes nuestros: Mistral, Huidobro, Neruda, De Rokha, Parra, la Viola, los Surrealistas, Kafka… entre varios otros. Hasta Martínez, la Tribu No, el CADA, Zurita, Eltit, Maquieira, Cociña, etc., la llamada neovanguardia”. Respecto al modo compositivo, nos dice: “migré desde los sonetos al verso libre; empero manteniendo cierto registro del habla, ya que el poeta nace y vive en un mundo concreto, en un idioma concreto y, por lo tanto, en un habla. Además, es la única manera de mantener la voz resistiendo en la oreja del “otro”, de la otredad. Esa voz que sigue creyen-

do que el ser humano vive del cambio y cambia la época; en consecuencia, hay que recordarle, permanentemente, como vivir”. En una primera lectura, la obra de Jorge Rosas se caracteriza por: indagar la relación entre el sujeto y lo divino, explorar la propia identidad literaria chilena y profundizar en una depuración verbal fuertemente anclada a una conciencia ética y estética. Se trata de una escritura atravesada por un “reclamo a Dios”, a través de “llamados de atención desde la perspectiva de profetas menores”, como él mismo dice, y que se puede observar en su serie “Inclina tu oído y escucha...” (2014-2016). Además, plantea un potente diálogo con referentes de la vanguardia, la postvanguardia y la neovanguardia hispanoamericana (Vicente Huidobro, Nicanor Parra, Juan Luis Martínez), centrando así su interés en la subversión del lenguaje. Énfasis que se manifiesta en una suerte mecanismo deconstructivo y en un eclecticismo reflejado a través de una intertextualidad que incorpora lenguajes y hablas marginales y también elementos de alta y baja cultura. Se trata, en definitiva, de una poesía que, en su desarrollo, trasunta la fuerza de un sujeto que despliega su voz hacia lo total, a través de un lenguaje exigido por una realidad que siempre revela y reclama humanidad. Una escritura que se plantea como ejercicio de un pensar y un entrever forzados por la búsqueda apremiante de un lenguaje que resiste para dar cuenta de una realidad ineludible. Aquella de sujetos mutilados y dolientes, pero que aún observan pájaros perforando lo oscuro u horizontes acribillados (o abiertamente hurtados), en espera que se filtre una luz: un amanecer: ¡Está amaneciendo! Y el treilerío gorjea en mi ventana Entonces las voces ancestrales brotan otra vez como queriendo arar este espacio

CURACAVÍVE - REVISTA CULTURAL DE COLECCIÓN - MARZO 2026 / 15

Publicado originalmente en la Edición N°051 · páginas 15 del ejemplar impreso.
Con el apoyo de