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Entrevista Edición N°054 · páginas 4, 5, 6, 7 Público

31 años educando con el corazón. Sembrando sabiduría y cosechando felicidad

Página 4 de la Edición N°054 — Foto: archivo Curacavíve

Soledad Cornejo Fundadora

Conversamos con Soledad Cornejo, fundadora de Farmland School y con Javiera Osorio, su directora, sobre el origen, la identidad y el legado de un proyecto educativo nacido en Curacaví

Javiera Osorio Directora

31 años educando con el corazón. Sembrando sabiduría y cosechando felicidad Farmland School nació a mediados de la década de 1990 a partir de una inquietud profundamente familiar: ofrecer a las hijas de sus fundadores: Soledad Cornejo y Miguel Prado, una educación distinta, con enseñanza del inglés desde la infancia, contacto cotidiano con la naturaleza y una formación capaz de reconocer todas las dimensiones del ser humano. Lo que comenzó como un sueño compartido por unas pocas familias, fue creciendo hasta convertirse en una institución reconocida y querida en Curacaví. En esta entrevista, su fundadora y directora, recuerdan los primeros pasos, las dificultades, los aprendizajes y las convicciones que han sostenido al colegio durante más de tres décadas.

CURACAVÍVE - REVISTA CULTURAL DE COLECCIÓN - AGOSTO 2026 / 05 misma limitación. Quería que aprendieran desde pequeñas, de forma natural, y que el idioma no fuera una barrera para conocer el mundo. En los primeros años era muy difícil conseguir profesores bilingües que quisieran trasladarse a Curacaví. Por eso buscamos distintas alternativas y trabajamos también con personas extranjeras cuya lengua materna era el inglés. Nuestro objetivo era que los alumnos escucharan el idioma, lo usaran y perdieran el temor a comunicarse. Con el tiempo fuimos estructurando un programa mucho más sólido, pero esa convicción estuvo presente desde el comienzo.

“Los niños se sienten libres, disfrutan venir al colegio y aprenden que la naturaleza no es algo ajeno: es parte de ellos y merece ser cuidada” Soledad, ¿cómo surgió el sueño de crear Farmland School y cuáles fueron los principales desafíos de esos primeros años? Este proyecto nació por amor y por una necesidad muy concreta: queríamos educar de otra manera a nuestras hijas. Ella ya tenía cuatro o cinco años y, aunque valorábamos profundamente la educación que existía en la comuna —tanto mi marido como yo veníamos de la educación pública—, sentíamos que faltaba una alternativa con un énfasis fuerte en el inglés y con una mirada educativa diferente. Yo no había tenido la posibilidad de aprender inglés desde pequeña y no quería que mis hijas vivieran esa misma dificultad. Durante bastante tiempo esperamos que alguna institución se instalara en Curacaví, pero eso no ocurrió. Entonces comenzamos a investigar. En una época en que no había internet,

hicimos un verdadero estudio de mercado artesanal: preparamos cuestionarios, recorrimos distintos sectores y los dejamos en las casas de las familias. Preguntábamos si tenían hijos, si les interesaba un colegio con enseñanza intensiva del inglés y si estarían dispuestos a participar económicamente en el proyecto. Así empezaron las primeras reuniones. Fue un proceso lleno de entusiasmo, pero también de incertidumbre. Hubo propuestas de terrenos, diseños arquitectónicos muy ambiciosos, opiniones distintas y momentos en que parecía que el proyecto podía desarmarse. Cuando participan muchas personas, cada una aporta una mirada y a veces cuesta avanzar. Finalmente comprendimos que, para hacerlo realidad, debíamos asumir nosotros la responsabilidad y tomar decisiones. El 31 de agosto de 1994 resol-

vimos dar el paso definitivo y en marzo de 1995 el colegio ya estaba funcionando. Todo se hizo en muy pocos meses. Mi marido se dedicó a adaptar y construir los espacios, mientras yo estudiaba reglamentos, recorría ministerios, gestionaba permisos, buscaba materiales y resolvía cada trámite. Fueron años de muchísimo trabajo y compromiso. Durante largo tiempo el colegio no dejó utilidades; todo lo que teníamos se reinvertía para sostenerlo y hacerlo crecer. En una época en que el bilingüismo no era habitual en la comuna, ¿por qué decidió convertir el inglés en uno de los pilares del colegio? La motivación inicial fueron mis hijas y mi propia experiencia. Hasta hoy el inglés me ha costado, a pesar de haber estudiado y vivido experiencias en el extranjero. Siempre pensé: no quiero que ellas enfrenten esta

El colegio se distingue por sus amplios espacios y su relación con la naturaleza. ¿Qué importancia tiene ese entorno en la formación de los estudiantes? Tiene una importancia absoluta. Nosotros nos vinimos a vivir al campo porque buscábamos aire puro, contacto con la tierra y una vida más cercana a la naturaleza. Antes de crear el colegio yo cultivaba un huerto y disfrutaba profundamente ese mundo. Cuando el proyecto comenzó, el patio de nuestra casa se fue transformando en el patio del colegio. Mi hija mayor lo expresó de una manera muy hermosa durante la celebración de los treinta años: su propio patio se había llenado de niños y se había convertido en una escuela. Al principio esta decisión fue intuitiva; hoy sabemos que está ampliamente respaldada por el conocimiento sobre el desarrollo infantil. Un niño que toca la tierra, observa cómo crece una planta, conoce los árboles y participa en una cosecha que, establece una relación distinta con su entorno. Aquí el huerto puede transformarse en sala de clases. Los alumnos plantan, cosechan y parte de esos productos llega a la cocina del colegio. También aprenden a reconocer y respetar los pájaros, los árboles y cada forma de vida que los rodea. Ese contacto no solo enseña contenidos, aporta calma, concentración, responsabilidad y felicidad. Los niños se sienten libres, disfrutan venir al colegio y aprenden que la naturaleza no es algo ajeno: es parte de ellos y merece ser cuidada. ¿Cómo fue tomando forma el proyecto educativo propio de Farmland School? Desde muy temprano supimos que no bastaba con abrir un colegio; necesitábamos definir qué tipo de persona queríamos con-

06 / CURACAVÍVE - REVISTA CULTURAL DE COLECCIÓN - AGOSTO 2026 tribuir a formar. Comenzamos a trabajar con los profesores en un proyecto educativo propio, con programas que incorporaban ciencia aplicada, teatro, folclore, arte y experiencias de aprendizaje práctico. Nuestra idea era aprender haciendo. Lo que una persona escucha puede olvidarlo; lo que observa puede recordarlo por un tiempo, pero aquello que realiza, aquello que experimenta, se vuelve un aprendizaje significativo y vivencial. En aquellos años esta mirada era bastante innovadora. Presentamos nuestros programas al Ministerio de Educación y recibimos una valoración muy positiva, porque coincidían con la idea de que el estudiante debía ser protagonista de sus propios aprendizajes. Yo comprendí que, para dialogar de igual a igual con los profesores y conducir el proyecto con responsabilidad, también debía formarme. Por eso ingresé a estudiar Pedagogía y obtuve una licenciatura en Educación. Más adelante asumí la dirección, no era algo que hubiese planificado, pero ya lideraba el proyecto, conocía su sentido profundo y estaba dispuesta a seguir aprendiendo. Si bien todos quienes estamos comprometidos con la educación aspiramos a formar personas integrales, ese objetivo no se alcanza únicamente ofreciendo una amplia variedad de disciplinas, la verdadera formación integral surge cuando reconocemos que cada estudiante aprende de manera distinta y, por lo tanto, necesita diversas oportunidades y formas de aprender, experimentar y desarrollarse. En Farmland School buscamos crear los escenarios ideales para que cada estudiante pueda descubrir sus fortalezas, desarrollar nuevas habilidades, enfrentar desafíos personales y construir confianza en sí mismo. No queremos que un estudiante se defina diciendo: “soy bueno para Matemática y malo para Lenguaje”. Queremos que aprenda a conocerse, que identifique aquello que disfruta, aquello en lo que puede seguir creciendo y que sea capaz de preguntarse: ¿qué sé hacer?, ¿qué puedo aprender?, ¿cómo puedo aportar a los demás y al mundo que me rodea? Nuestro propósito es que cada niño y joven encuentre múltiples caminos para aprender y demostrar su potencial, comprendiendo que el éxito no depende de destacar en una única área, sino de desarrollar

El gimnasio renovado, ha sido sin duda, un gran logro en favor de los estudiantes de Farmland School

las herramientas, la curiosidad y la confianza necesarias para seguir aprendiendo durante toda la vida. ¿Qué significaron los intercambios con Nueva Zelanda para el colegio y para sus estudiantes? Los intercambios nacieron de la misma búsqueda por acercar el inglés a los alumnos de una manera real. En 2005 viajé a Nueva Zelanda, inicialmente vinculada a la posibilidad de conseguir becas y establecer contactos. Elegí ese país porque lo conocía y me parecía un lugar seguro, tranquilo y con una educación muy abierta al intercambio cultural. Durante esa estadía conocí distintos colegios, realicé presentaciones sobre Farmland School y colaboré enseñando español. Visitamos numerosos establecimientos hasta encontrar directivos que se entusiasmaron con la idea. Así surgieron los primeros vínculos: alumnos neozelandeses comenzaron a venir a Curacaví y nuestros estudiantes pudieron vivir experiencias en Nueva Zelanda. La primera visita fue inolvidable, llegaron jóvenes que estudiaban español y compartieron

con nuestras familias, conocieron Chile, presentaron su cultura, bailaron Haka y participaron en actividades preparadas por toda la comunidad escolar. Curacaví era entonces mucho más pequeño y la presencia de aquellos estudiantes despertó una enorme curiosidad. Con el tiempo llegamos a mantener intercambio con varios colegios, sin embargo, la pandemia interrumpió muchas de esas relaciones, especialmente porque Nueva Zelanda mantuvo sus fronteras cerradas por largo tiempo, pero las estamos retomando gradualmente. Más allá del aprendizaje del idioma, estas experiencias entregan autonomía, apertura cultural, confianza y la certeza de que el mundo es mucho más amplio de lo que conocemos. Al mirar más de treinta años de historia, ¿cuáles han sido sus mayores satisfacciones? La primera satisfacción fue ver egresar a mis dos hijas y comprobar que el sueño inicial se había cumplido. Ellas crecieron con el idioma y con la educación que habíamos imaginado. En algún momento pensé que, una vez cumplida esa misión, mi tarea terminaría,

pero la educación me atrapó y el proyecto adquirió un sentido mucho más grande que nuestra propia familia. Más allá de todo lo que alguna vez imaginé, han sido nuestros propios estudiantes y exalumnos quienes han dado el verdadero sentido a este proyecto. Ellos son el testimonio vivo de que educar es sembrar sin conocer del todo la cosecha. Cada vez que vuelven al colegio, que comparten sus historias o simplemente cruzan nuevamente nuestras puertas, nos recuerdan que el éxito no tiene una única forma. Hay profesionales, artistas, emprendedores, músicos y personas que han encontrado caminos muy distintos, pero con algo en común: la confianza para construir una vida con propósito. Ese ha sido, sin duda, nuestro mayor logro: demostrar que es posible formar personas que alcancen buenos resultados sin renunciar a su felicidad, porque aprender también significa crecer con sentido, con alegría y con la certeza de que cada uno puede descubrir su propio lugar en el mundo. Javiera, desde su punto de vista ¿cuál es el sello que ha permitido que Farmland School sea una institución valorada por la comunidad de Curacaví? Creo que no existe una sola respuesta. Hay muchos elementos, pero todos nacen del amor

CURACAVÍVE - REVISTA CULTURAL DE COLECCIÓN - AGOSTO 2026 / 07 y del respeto por el ser humano. Valoramos a cada estudiante en su integridad, reconociendo que educar implica mucho más que desarrollar conocimientos académicos. Aspiramos a que cada niño y joven crezca en un ambiente donde se sienta seguro, respetado, valorado y desafiado de manera equilibrada, comprendiendo que el bienestar es una condición esencial para aprender. Creemos profundamente en la comunidad como el corazón de nuestro proyecto educativo. Ser comunidad significa preocuparnos genuinamente los unos por los otros desde los distintos roles que cada uno desempeña; reconocer y valorar nuestras diferencias como una oportunidad para enriquecernos; buscar permanentemente espacios de encuentro, diálogo y colaboración; y asumir, con humildad y compromiso, el desafío de mejorar cada día. Es en esa construcción cotidiana donde encontramos el verdadero sentido de educar y de crecer juntos. Nuestro sello también se refleja fuera del colegio. Con frecuencia, personas de la comunidad nos comentan que reconocen a nuestros estudiantes por su respeto, amabilidad y buena disposición hacia los demás. Son gestos sencillos, pero que reflejan lo más importante: educar es formar buenas personas, capaces de convivir, cuidar a otros y aportar positivamente a su entorno. A lo largo de estos años, Farmland School ha mantenido una convicción que ha guiado cada una de sus transformaciones: una buena educación nunca deja de aprender. Por ello, hemos buscado actualizarnos de manera permanente, incorporando prácticas pedagógicas que fortalecen el protagonismo de nuestros estudiantes y promueven una relación cada vez más cercana entre la escuela y las familias. ¿Nos podría contar un poco más sobre cómo el colegio se ha ido actualizando y transformando manteniéndo su línea y principios? Uno de los avances más significativos ha sido la implementación de las Conferencias Tripartitas (Pupil-Led Conferences), una instancia en la que el estudiante se reúne con su profesor y su familia para compartir, desde su propia voz, cómo ha vivido su proceso educativo durante el semestre. Más que presentar calificaciones, reflexiona sobre sus apren-

“Valoramos a cada estudiante en su integridad, reconociendo que educar implica mucho más que desarrollar conocimientos académicos”

Alumnos neozelandeses comenzaron a venir a Curacaví y los alumnos del Farmland School, pudieron vivir experiencias en Nueva Zelanda dizajes, reconoce sus fortalezas, identifica los desafíos que ha enfrentado y plantea nuevas metas, tanto en el ámbito académico como en su desarrollo personal y social. Escuchar a un niño de cinco años o a un joven de diecisiete hablar con honestidad sobre lo que ha aprendido, lo que le ha costado y hacia dónde quiere avanzar, es una experiencia profundamente valiosa. En esos momentos se hace evidente que educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino en formar personas capaces de conocerse, asumir la responsabilidad por su propio aprendizaje y construir, con autonomía y confianza, su propio camino de desarrollo. En Farmland School creemos que educar es una responsabilidad compartida. Por eso, entendemos que todos quienes formamos parte de la comunidad —profesores, asistentes de la educación, administrativos, auxiliares, personal de cocina, mantención y jardines— somos, desde nuestro propio rol, educadores.

Con esa convicción, hemos procurado que cada integrante conozca y haga suyo nuestro Proyecto Educativo. A través de charlas, conversatorios y espacios de reflexión, hemos construido un lenguaje común y una comprensión compartida de la misión que nos reúne. Porque un estudiante aprende no solo en la sala de clases, sino también en cada saludo, en cada gesto de cuidado, en cada conversación y en cada experiencia que vive dentro del colegio. Es así como, día a día, seguimos fortaleciendo una comunidad en la que todos educamos, todos aprendemos y todos contribuimos a la formación de nuestros estudiantes. El colegio dice usted, se está actualizando de acuerdo a las nuevas investigaciones relacionadas con la enseñanza aprendizaje, además de las conferencias tripartitas -Pupil Led Conferences- qué otra cosa destacaría? Uno de los ámbitos que hemos incorporado con especial interés es el mindfulness o aten-

ción plena en el contexto escolar. Hace algunos años, estas prácticano necesariamente tenían un lugar dentro de la educación formal. Hoy, en cambio, los avances de las neurociencias nos evidencian la relación entre atención, emociones, autorregulación y aprendizaje. Sabemos que un estudiante que puede reconocer lo que siente, regular sus emociones y volver a la calma cuenta con mejores herramientas para aprender y relacionarse con los demás. Por eso, para nosotros el mindfulness no es simplemente una práctica de relajación, sino una herramienta para desarrollar conciencia, concentración y bienestar. Por ejemplo en Preschool, las educadoras ayudan a los niños y niñas a centrarse emocionalmente imaginando una vela y se les dice “slow down and blow the candle” Mindfulness comienza como un juego y se va integrando gradualmente con el desarrollo. Soledad, ¿qué legado espera dejar a las nuevas generaciones? Espero dejar amor por la humanidad, respeto por la naturaleza y compromiso con el trabajo bien hecho. No se trata de trabajar únicamente para obtener una recompensa inmediata, sino de comprender que cada tarea puede tener sentido y aportar a otros. Vivimos una época en que muchas veces se espera cosechar sin haber sembrado. Nosotros queremos enseñar el valor de la constancia, la laboriosidad y la paciencia. La cosecha llega porque hubo dedicación, cuidado y amor en la siembra. Nuestro lema resume esa historia: «Sembramos sabiduría, cosechamos felicidad». No es una frase decorativa; representa lo que hemos intentado construir desde el comienzo. Educar con el corazón, abrir un surco donde cada niño pueda florecer y ayudarlo a descubrir que su vida, su trabajo y sus talentos pueden convertirse en un bien para sí mismo y para la comunidad.

Publicado originalmente en la Edición N°054 · páginas 4–7 del ejemplar impreso.
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