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Patrimonio Edición N°014 · páginas 9, 10, 11 Público

siempre le digo a Dios: Tú sabes que me puedes llevar cuando Tú quieras, pero también sabes que todavía no quiero irme... amo la vida

Página 9 de la Edición N°014 — Foto: archivo Curacavíve

Edoardo Michelángelo Nicoli Capponcelli. Destacado hombre de negocios, vinculado a la Banca y al comercio. Conoció Curacaví hacia 1920. Vivió en Curacaví en 1930 hasta el año de su fallecimiento en 1936 Arenas. Estos coches llegaban a Santiago a la Posada de la Sra. Viviana, en Santo Domingo entre San Gumercindo y San Luis, después se cambiaron a San Pablo con Francisco Lobos en la Quinta Normal. Cuando ya no circularon más los coches, comenzaron los camiones de carga trasladando pasajeros, el primero que recuerdo era de don Santiago Hormazábal de marca Dodge. La cabina se reservaba para los niños y también para gente de edad mayor. Viajaban alrededor de 10 a 12 personas sentadas en tablones colocados de baranda a baranda, después de la carga que llevaba el camión. Recuerdo que veníamos con toda la familia de vacaciones a Curacaví. Posteriormente me vine a vivir con mi familia en 1930 aproximadamente. Esta zona era poco valorada desde el túnel Zapata hacia el valle. Nadie se interesaba porque la tierra era gredosa y nadie pensaba siquiera comprar un terreno en este sector para sembrar algo, porque tampoco había agua, menos para vivir.

Nenita con sus hijos: Gloria, Víctor Lautaro, Luigina y Claudia (1998)

En esos años llegó la familia Mukarker, don Carlos con sus hijos, Felipe casado con doña María, Alejandro y Jorge. Años después llegaron Julio, Salomón y Salvador. También llegaron don Bienvenido Aubá Uvalde y la señora Josefa Horner, catalanes venidos de España que se instalaron con el primer Hotel que tuvo Curacaví llamado “Venecia”. Luego se instaló el Hotel Inglés de propiedad de don Thomás McVey y de la señora Lidia Silva. Entre 1925 y 1930 nacieron los dulces chilenos que se llamaban Tablillas y eran hoja-

rascas rellenas de melcocha de chancaca. Se vendían en las canchas de fútbol cuando había partidos y lo que sobraba se vendía en el pueblo. La primera persona que fabricó estos dulces fue la señora Carolina Palacios de Rivas, mamá de la señora Isabel Rivas de los dulces ISSA. ¿Cuántos hermanos tuvo usted? Nosotros éramos muchos hermanos, las personas que conocían a mis padres siempre decían que a mi madre la veían amamantando o embarazada, que nunca la vieron en su porte natural. En esa época mi padre pretendía hacer fortuna aquí en América, desembarcó primero en Argentina, sin embargo, se trasladó a Chile y trabajó como empleado en la Compañía Cervecerías Unidas descargando cajones de cervezas. Mi padre se llamaba Edoardo Michelángelo Nicolli Capponcelli. ¿Cómo se conocieron sus padres? Resulta que mi abuela materna (la que adoptó a mi mamá) tenía una pequeña fábrica de cigarrillos y al frente se ubicaba una panadería llamada “Patria y Trabajo” donde trabajaba mi padre, en calle San Pablo entre Brasil y Maturana en Santiago. Mi madre se enamoró en aquel tiempo solo con miradas de mi padre porque no se permitía mayor acercamiento. Mi padre le enviaba regalos con las operarias a mi madre. Él tenía muchos contactos en Curacaví, aunque habitaban pocas familias, sin embargo, estas familias eran dueños de muchos terrenos como el Callejón Las Rosas. También la familia Vilches que eran dueños de los terrenos del Unimarc. Existía la finca de Rapposo, dueño de un canal

que atravesaba todo el pueblo de Curacaví. La propiedad que compró mi padre tenía muy pocos metros de frente, pero tenía muchos metros de fondo, entonces cultivó viñedos y árboles frutales. Esa propiedad se la compró a don Enrique Madrid Osorio. ¿Y qué edad tiene usted María Inés? Yo cumplí 100 años en noviembre de 2018. Como mi padre y mamá se enfocaron solo en trabajar, todos nos criamos con nodrizas, las “nanas” de ese tiempo. ¿Qué siente al ser la última de su generación familiar? Yo me siento muy orgullosa de ser la última de mi generación que vive en la actualidad. Recuerdo que mi niñez fue muy linda, tuve de todo. Yo venía de Santiago a Curacaví en el año 1930, recién cursaba Primero de Humanidades y nos vinimos en febrero y me matricularon en la Escuela Pública cursando cuarto preparatorio, la directora era la señora Edelmira Olavarría. Así es que después volví a Santiago al Liceo 3 y luego pasé a las Monjas Francesas. Cuando mi padre muere en el año 1936 por un ataque cerebral yo estaba en exámenes finales, pero nunca más volví al colegio. Busqué trabajo y entré a la Compañía de Teléfonos de Chile en Curacaví donde trabajé por más de 11 años. Mi función era operadora de teléfonos, con magnetos y clavijas. Después ingresé a la Central Telefónica de la Cámara de Diputados como operadora, pero con equipos más modernos, las mesas tenían luces indicadoras, entonces ya no era necesario escuchar las conversaciones. Curacaví era un puente, dado que los de Santiago pedían línea a Curacaví para realizar llamadas a Valparaíso y viceversa. ¿Cómo fue su experiencia en la Cámara de Diputados? Bueno, trabajé allí hasta que jubilé con más de 40 años de servicio y con 86 años. En marzo de 1990 me trasladaron a Valparaíso, recién se estaba construyendo el edificio del actual Congreso. ¿Cómo era Curacaví en su infancia? Yo siempre lo pasé muy bien en Curacaví cuando era niña. Recuerdo que, para la Semana Santa, no se podía gritar, golpear, etc., era muy especial. Recuerdo que, por la vereda norte, pasaba una persona con unas matracas para anunciarle a la gente que a las 15:00 horas se iba a comenzar el vía crucis de viernes santo. Y para el sábado de gloria, era fantástico, toda era una fiesta y se quemaba un muñeco que representaba a Judas.

Reinado de la Primavera del año 1937. En la fotografía: Mercedes Allendes Vera, Luz Valdivieso Valdés, Blanca Nicoli Núñez, Paulina Castañeda Carvajal, Lucy McVey Silva, María Inés Nicoli Núñez, Cecilia Morales Romero, Paje: Teresita Martínez Mardones.

María Inés, Blanca y Yoconda Nicoli Recuerdo que nos bañábamos en ese hermoso río y disfrutábamos de todo, de actos benéficos y de la Fiesta de la Primavera. Recuerdo que una de las reinas fue Nena Morales (dueña de los dulces Millahue). En aquellas fiestas hacíamos la velada, día de coronación y después tres días de fiesta. Recuerdo que hicimos una obra de teatro, todos los personajes de Curacaví participábamos de la obra allí donde se ubica el Liceo San Luis. La juventud se observaba respetuosa, las fiestas terminaban entre 12 y 1 de la mañana.

Recuerdo el “Almacén Grande” (pulpería), así lo llamaba la gente, era de don José María Sagredo, vendían herramientas agrícolas y mineras, calzado, ropa, etc. También la familia Cofré Silva eran propietarios de los viñedos del sector Callejón Cofré y Calle Las Rosas donde está los dulces ISSA. Las calles eran de tierra, muy angostas, no como son las calles ahora. Otro negocio que existía era el Hotel Inglés que estaba en el lugar donde se ubica El Rorro, después se instalaron donde hoy se encuentra la Municipalidad de Curacaví.

¿Qué negocios emblemáticos tenía Curacaví en esa época?

¿Y quién era su mejor amiga de entonces? Por el año 1934, una de mis mejores ami-

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Con su hija Gloria y sus nietos Carolina, Loreto y Daniel.

En una entretenida y emotiva celebración de sus 100 añitos de vida, María Inés estuvo feliz junto a su familia, y grandes amigos.

gas fue Margot Loyola. Curiosamente, la folklorista era su hermana Estela Loyola que hacía un programa “La Gran Familia Chilena” en Radio Portales (o Radio del Pacífico), ella tocaba muy lindo la guitarra. Con mi hermana Blanca, Margot y Estela formamos un cuarteto folklórico, así nació la inquietud de Margot por el folklor. Recuerdo que Margot bailaba muy lindo y tocaba el piano maravillosamente, porque ella estaba estudiando. El grupo se llamaba “Las Hermanas Loyola”, en esa época tendríamos unos 15 años más o menos. Luego ellas siguieron juntas cultivando el folklor en Santiago. Recuerdo que la madre de ellas, Ana Palacios, era dueña de una farmacia en calle Santos Dumont al llegar a Recoleta, fui muchas veces a ese lugar. Margot comenzó luego con la investigación de las razas originarias y la música folklórica. Recuerdo que el primer amor de Margot fue en Curacaví, fue un amor duradero, pero finalmente tormentoso, él se llamaba Carlos, quien fue después mi primer marido. Yo lo conocí a él de muy niño y a su familia que eran catalanes muy amigos de mis padres en Santiago. Duramos 11 años casados y tuve dos hijas con él, una de

ellas tiene una granja educativa aquí en Curacaví y la otra vive en la quinta región, ella es nutricionista y trabaja en la Universidad de Playa Ancha. Después me divorcié. Posteriormente me casé por segunda vez con uno de los hijos de los dueños de la Hostería Royal, que se ubicaba frente al supermercado Erbi, con él tuve dos hijos. En este minuto podría decir que soy una mujer muy feliz, tengo una familia estupenda, no le puedo pedir nada más a Dios. Tengo 10 nietos y 16 bisnietos. Nos juntamos casi todos en mi último cumpleaños que ayudó a organizar mi nieta mayor… siempre le digo a Dios: “tú sabes que me puedes llevar cuando tú quieras, pero también sabes que todavía no quiero irme” … amo la vida. Me siento muy agradecida de la vida. La vida es tan bella y fácil de vivirla. Uno es feliz o infeliz en la medida que uno quiere. Somos felices disfrutando de cosas sencillas, porque el dinero en muchas ocasiones desune a las personas. Doy gracias a Dios que me formó tal como soy. ¿Desde su punto de vista, qué le hace falta a Curacaví?

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Yo creo que sacarle partido a la ubicación que tiene. Podría ser el centro de encuentros de turismo, vendimia, etc. También enanchar la avenida principal, cuánto tiempo que está así con un plan regulador demorado. Con los primeros alcaldes, jamás pudimos contar con ellos. Con don Luis Cruchaga la cosa cambió, mejoró bastante. María Luisa hija de don Guillermo Barros Hurtado y hermana de don Guillermo Barros Echenique hicieron cosas interesantes, tal vez no lo suficiente, pero algo se avanzó, esperemos que sigan avanzando. ¿Qué sueño tiene por cumplir? Viajar era mi sueño. En todo caso quisiera decir que me gusta hacer feliz a las personas que me rodean. Me gusta la música en general, especialmente la música folklórica y la poesía. Me quedo con las cosas positivas de la vida, he sentido penas en mi largo camino de vida, sin embargo, me gusta demostrar alegría de vivir, siempre.

Curacavíve

Publicado originalmente en la Edición N°014 · páginas 9–11 del ejemplar impreso.
Con el apoyo de