María Inés Nicolí
Página 8 de la Edición N°014 — Foto: archivo Curacavíve
María Inés
Fotografía: Nibaldo Guerra / Curacavíve
i l o c i N María Inés Nicoli Núñez de Cervero cumplió 100 años, sin embargo, sus recuerdos de infancia en Curacaví, parece haberlos vivido ayer. Posee una mente fresca, brillante y plena de lindos recuerdos que nos permiten viajar al Curacaví de los años 30 con absoluta claridad y emoción. Nenita nos cuenta aquí parte de su vida.
ueno, mi madre era hija de españoles que llegaron de Europa como emigrantes, pero lamentablemente les atacó la epidemia del cólera y mis abuelos murieron junto a muchos otros emigrantes de nuestra región de Barrancas. No me quedé con documentos de ellos, porque en ese tiempo todo se quemaba a raíz de esta epidemia. Posteriormente mi madre fue adoptada por la viuda de Don Diego Aracena, de quien pasamos a ser nietos de la familia. Ellos estaban vinculados a la familia Lavanchy, grandes personas en aquellos tiempos. En 1926, año en que conocí Curacaví, era un pueblo agrícola y minero, llegaba mu-
cha gente tras las minas. Había una sola calle de tierra y sin veredas, con algunos callejones. No existía la plaza. Había muchas viñas como en Las Rosas, Puangue, Lo Águila, Calle Nueva,, William Rebolledo y existía una cierta competencia en quien hacía la mejor chicha, todos tenían saranda, tinas, prensa, fondos de cobre para hervir y otros implementos necesarios. De la chicha se hacía el ARROPE de UVA, yo también lo hacía con mi padre. Era chicha recocida hasta darle espesor y se ocupaba para ponerle al pan o en postres, por ejemplo a la leche con sémola, era algo así como la miel de palma. La Municipalidad, Carabineros y el correo
estaban en el altillo frente a lo que es hoy en día La Casona. El pueblo comenzaba desde Cuyuncaví por el oriente hasta el Puente La Esquina por el poniente. Las casas estaban construidas aproximadamente a unos dos metros más abajo que lo que existe hoy en día. Todavía se puede observar en algunas casas las ventanas ubicadas en la mitad de la construcción. Recuerdo que las personas se movilizaban a caballo en coche o en carretas. Después se terminaron los viajes en coches que se hacían a Santiago una vez al mes hacia el año 1928. Las personas se ponían unas cotonas de color café para protegerse de la tierra. Los dueños de esos coches eran don Nicolás Vilches, Pedro Araos y Floro