¡¡Paren el mundo, que me quiero bajar!!
Página 20 de la Edición N°016 — Foto: archivo Curacavíve
Mónica
Ferrada Martínez
afalda abrumada por la realidad de esta sociedad actual dijo una vez: ¡¡¡Paren el mundo, que me quiero bajar!!! ¿lo recuerdan? De eso hace ya bastante tiempo. ¡¡¡Imagínense lo que piensa hoy!!! Y el mundo, un 31 de diciembre del 2019, giró la llave allá muy lejos, en China, y el mundo... se paró. Si, el coronavirus hizo su aparición entre nosotros y se esparció y se esparce como una gran mancha de aceite. Costó mucho detenerlo, había alcanzado una velocidad desenfrenada que nos llevaba directamente al abismo, al precipicio y aún estamos en eso. Nosotros los chilenos, silenciosos como queriendo hacernos invisibles, pasar desapercibidos, seguíamos las noticias de lejos. Vivíamos tan apartados del epicentro, en el último rincón del planeta. Pero… llegó. Recuerdo que ese día de Marzo, mientras realizaba las actividades de un día normal (aseo, lavado, ordenar), alguien dijo… ¡Llegó! y miré hacia la puerta curiosamente. LLEGÓ EL VIRUS a Chile…y el motor finalmente se detuvo definitivamente. No significando
aquello que la mancha de aceite no seguiría creciendo más y más. Cuarentena, distanciamiento, cierre del comercio, suspensión de clases. Los doctores y cuerpo de salud en general, dándolo todo, enfrentando al poderoso enemigo invisible. Han pasado días y semanas. Y la vida nos cambió. Nos encontramos parados en medio de la nada misma, expectantes. Sin poder hacer nada, salvo cuidarnos. De improviso, un día me percaté de que mis sentidos habían recobrado sus valiosas funciones: miré al cielo y este se veía más diáfano, transparente en estos tibios días de otoño, la contaminación no está. Con la contaminación acústica ocurre otro tanto. El sonido de los aviones que pasaban sobre nuestras cabezas rumbo a lugares remotos… desapareció. Al igual que el interminable zumbido de los vehículos que a lo lejos circulaban raudos por la carretera. Hay… silencio, han vuelto los pajaritos buscando tranquilamente su alimento y sus trinos son más notorios y maravillosos. Los pumas se han paseado en esa jungla de cemento aprovechando la silenciosa calma y los gratos
20
parques del “barrio alto”. La tensión permanente, la prisa siempre presente para todo y en todos quedó obsoleta, no se justifica. El correr contra el reloj por llegar “a tiempo” a cualquier parte se esfumó. La desesperación de estar atrapado en un taco mientras el reloj avanzaba y nuestros nervios se crispaban… no existe y nos volcamos a los chats a los chistes, a las cadenas de oración, a las imágenes bucólicas hablando de: “paz”, “esperanza”, “misericordia”, “tiempo de reflexión”… ¿tiempo de reflexión? Esas son palabras mayores. Reflexión o meditación requiere de una disposición especial, de un deseo de investigar dentro de uno mismo, de buscar un sentido a nuestro paso por esta tierra. De hecho, personalmente pienso que es allí donde todos deberíamos empezar a ocupar nuestro privilegiado tiempo libre.