Priscilla
Página 19 de la Edición N°016 — Foto: archivo Curacavíve
ustralia, el país naturalmente confinado. Desde este otro lado del océano quisiera compartirles mis reflexiones durante este tiempo de pandemia. Quisiera compartir el significado de “confinamiento” y la estrecha relación que tiene para mi esta definición con el país que escogí vivir hace casi 6 anos. CONFINAMIENTO: es la acción y efecto de confinar. Este verbo hace referencia a recluir a alguien dentro de límites o a desterrarlo a una residencia obligatoria. Según estudios, se cree que la tierra de Australia ha estado habitada por seres humanos desde hace 65.000 años. Los primeros australianos eran los ancestros de los aborígenes de la actualidad, pero formalmente se descubrió y colonizó por los británicos en el 1770 y fue considerada por sus exploradores, como una tierra de sumo interés para la solución al problema de la superpoblación penal en Gran Bretaña. Este continente era perfecto debido a su condición geográfica y climática. Como inmigrante, el primer choque cultural fue salir a la calle, caminar por mi barrio y sentir como si yo fuera la protagonista de la película “Soy Leyenda”, donde por horas no te cruzas con ningún ser humano, donde las casas tienen sus cortinas de metal abajo día y noche, semejante a las casas de veraneo en invierno, deshabitadas y cuyos dueños cierran hasta el próximo verano. Muchas veces traté de visualizar alguna luz dentro de estas casas que me indicaran que no estaba sola, sin embargo, después de largos meses de hacer el mismo ejercicio, pude visualizar una luz que titilaba a través de una cortina metálica, era esa casa que había visto tantas veces... no lo podía creer, esa luz cambiaba de color y pude deducir que era de la televisión, es decir, hay vida dentro de todas estas casas, hay gente que vive detrás de sus cortinas metálicas en confinamiento, como forma de vida. Estuve un par de años tratando de comprender y aceptar este modo de vivir tan extraño para mi, tan apartado, silencioso, individualista, donde nadie se mete en el metro cuadrado
del otro, donde una conversación empieza y termina con el “hello”, porque preguntar “cómo estás tú”, es considerado de mala educación, al igual que saludar con un beso o dar la mano. Aquí los perros, que rara vez encuentras dando un paseo con su dueño, no ladran. Hace un par de meses tuve la fortuna de conocer a un abuelito italiano que llegó a vivir a Australia después de la Segunda Guerra Mundial y me describió de esta forma Australia: “Es una flor hermosa pero que no tiene perfume, es un fruto perfecto que no tiene sabor”. Imagino que el sistema de países del primer mundo deben ser parecidos, funcionan tan ‘’perfectamente’’, que pierden lo sabroso de la vida, lo casual, pierden el asombro, pierden la necesidad de conectar, no necesitan de un otro, el Estado cubre sus necesidades, entonces no necesitas pertenecer a una comunidad, ni agradar, ni deber favores a nadie, cada cual se rasca con sus propias uñas. Entonces repentinamente, nos golpea esta pandemia, y el australiano se ve afectado por factores mas bien económicos que sociales, porque viven naturalmente confinados, entonces el gobierno no tuvo que aplicar muchas normas sociales, como por ejemplo no saludarse con un beso o no darse la mano o simplemente no juntarse con los amigos porque sencillamente no lo hacen, no está en su esencia. En un par de semanas la situación estaba “controlada” y apareció algo
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mágico por mi ventana... gente, siiii, gente y niños en bicicleta. La familia que vive frente a mi casa, alzaron su mano para saludarme. Mientras mi novio cortaba el pasto que da a la calle, un vecino que caminaba por la misma acera, se detuvo y lo saludó, conversamos por más de treinta minutos. Un día tocó a mi puerta otro vecino para decirme que estuviéramos en contacto porque supo que andaban robando en algunas casas, y como sorpresa máxima tocó el timbre (sonido casi desconocido para mi) hace un par de días atrás, otro vecino que vive a mano derecha de mi casa y me dijo que conocía a un jardinero muy bueno por si lo necesitaba. Entonces el milagro ocurre, somos seres sociables, necesitamos de un otro, al contrario de lo que quiere hacernos creer el sistema. Y es hermoso verlos caminar por las calles con sus hijos y mascotas, es mágico escucharlos hablar, es emocionante sentir que los puedo ayudar, es esperanzador que, a pesar de la tragedia que ha provocado esta pandemia, nos demuestra que todo se puede transformar, y que los seres humanos nos necesitamos para sobrevivir aquí y en la “quebrá del ají”.