Reunión en la Piedra (o cómo once dimensiones caben en un estero)
Página 20 de la Edición N°053 — Foto: archivo Curacavíve
Reunión en la Piedra
(o cómo once dimensiones caben en un estero)
Leonel Gatica Cardemil
A Danahe Larrañaga Barraza & Nicolás Gatica Urzúa I. En la cuesta Zapata el asfalto huele a neutrones lentos y a chicha derramada sobre la piedra tacita, los picunches sabían, el cerro las Brujas no era brujería sino masa gravitacional y en su espacio el cuervo curva el aire se dobla igual a un hombre doblado cuando el hambre es real y el trabajo no llega — Bukowski habría pedido unos tragos en Chichas Durán y con la mirada perdida en el Puangue se pregunta en qué dimensión compactada vive ese dios despistado inventó la pobreza con vista al cerro. II. El estero Cuyuncaví no sabe qué es una cuerda, esa membrana vibra en once dimensiones que Antequiles enrolló así de pequeña y ni el ojo del buey más viejo de Pataguilla las ve — pero el agua sí las recorre, el agua siempre supo la tardanza de siglos de los físicos en calcular: todo es tensión, toda piedra es una nota, todo el valle de la Cordillera de la Costa es un acorde pulsado por alguien hace cuatro mil millones de años y aún resuena. III. Nemerov habría escrito sobre el Cerro El Mauco con la calma de quien observa y entiende la termodinámica del ala es también una elegía — una entropía sube, un orden se pierde, las plumas caen como electrones lo hacen a un orbital más bajo, y emite una luz innombrable pero ilumina igual el camino de tierra entre la calle María Recabarren y el almacén de la esquina donde una señora vende sopaipillas al precio de antes.
IV. La fuerza fuerte mantiene unido el núcleo del átomo como el huaso mantiene unido el fundo con las manos por la costumbre del amor y desamor la fuerza ya sin nombre en castellano, y actúa a distancias cortas, se vuelve más potente cuando más te alejas, igual a Curacaví: desde Santiago parece nada, un y una flecha en la ruta 68, pero si estás dentro, en el Parque San Mateo, oyes el viento contra el Cerro Bustamante, entiendes el universo tiene lugares de paso —en realidad son el centro de todo — y el borde no existe. V. Carlos Cociña nunca estuvo en el estero Carén pero conoce ese tipo de agua servida: escurre y los campesinos no la aplauden, disuelve los minerales sin diploma, reacción química en el terreno cruzado hidrólisis lenta del silicato, calcio liberado, fósforo vuelto a la tierra como vuelven los cuerpos, como volvió el último inquilino del fundo Las Pircas ya nadie lo recuerda pero cuyo carbono sigue en la vid, en la chicha, en la saliva de las palabras alguien pronuncia el último adios del fusilado en dictadura sin saber cuando termina la vida y la materia igual persiste. VI. Once dimensiones, seis quarks, tres generaciones de partículas y un valle huele a pasto mojado en junio — Germán diría hay una niña con olor a perro callejero en cada abrazo a todo perro abandonado ella rescata el amor genuino de unos por otros, invariable aunque cambie el observador, aunque cambie el gobierno, aunque la cuesta se haga autopista y el huaso cambie el caballo por una camioneta — la piedra sigue siendo piedra, la reunión sigue siendo reunión, y el poema, similar al bosón de Higgs, existe aunque no lo veamos, le otorga masa a todo a lo nombrado, peso a lo que de otro modo sería solo viento…