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Patrimonio Edición N°019 · páginas 14, 15, 16, 17, 18, 19, 20, 21 Público

40 años después

Página 14 de la Edición N°019 — Foto: archivo Curacavíve

an pasado casi cuarenta años desde que caminé por última vez un largo camino donde una citroneta nos dejó al final de una ruta de tierra. Desde

ese sector, lugar de partida de la caminata donde llega un gran número de peregrinos se inicia realmente la dramática peregrinación para cumplir sueños, promesas y milagros,

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para hacer la ruta a pie al santuario en el desierto más seco del mundo. El santuario de la Virgen de Las Peñas, se ubica a unos 95 Km de Arica (18°32’48.14”S 69°45’35.51”O ) y a una al-

tura de aproximadamente 1600 msnm, ha sido un lugar de devoción desde hace unos doscientos años. La ruta en vehículo recorre el imponente y verde valle de Azapa, oasis en medio

del desierto, regado por el río San José hasta un sector de estacionamientos. Se estima que unas 50 mil personas asisten cada año en las dos fechas en que se realiza la peregrinación,

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primer domingo de octubre (fiesta grande) y 8 de diciembre (fiesta chica), en su gran mayoría para cumplir con mandas o para pedir favores a la Virgen. En diciembre del año 2019

decidí volver a recorrer esos caminos, algo muy íntimo me impulsó, no sabía como mi estado físico se comportaría frente a ese desafío, no obstante que

el estacionamiento actualmente está más cerca del santuario que hace 40 años. El recorrido completo de ida y regreso es de unos 30 Kms, que se recorren en

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unas 3.5 horas. Decidí partir temprano en la madrugada de un sábado para evitar caminar bajo el implacable sol del desierto. Microbuses y ta-

xis colectivos recorren día y noche durante los 3 días de fiesta la distancia que separa la ciudad hasta el estacionamiento en el sector denominado Chamar-

cusiña, lugar donde parte el verdadero peregrinaje. Llego a ese sector aproximadamente a las 7 de la mañana. Me encuentro con una serie de puestos

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de abastecimiento con bastones para la caminata, linternas y gorros. Se siente el olor a tierra humedecida, de las diferentes cocinerías donde se

sirven desayunos y almuerzos para los peregrinos, y el frio del desierto comienza poco a poco a retirarse. Aparecen tras las montañas los primeros rayos de sol

entregando hermosos colores que tornan las piedras y paredones de la quebrada de tonos cálidos. Existen dos rutas en un tramo del camino, una bor-

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deando el río San José, pasando por angostos puentes de madera, y otra a través del borde de la quebrada. A lo largo del camino se

observan varios puntos de abastecimiento y descanso donde puede encontrarse agua embotellada y algunas frutas como naranjas y plátanos. Quienes atien-

den estos puestos, pernoctan en el lugar soportando el intenso frío nocturno del desierto y el calor implacable del día. Durante el trayecto se ob-

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servan apachetas, montículos de piedra que dejan los caminantes, en algunos casos mezclados con la tradición católica, tal vez para dejar alguna ofrenda

a la Pachamama (Madre Tierra) o a los Apus (Dioses de las montañas) o simplemente para arrojar lejos el cansancio de la caminata. Tras largos minutos de caminata en silencio, junto al sonido de un suave viento cortando mi paso, roto a veces por el sonido de las pisadas sobre los guijarros, el sonido del agua del río, llego a una bifurcación del camino, donde se elige entre ir por los cerros o bordeando el río. Mi elección fue recorrer el primero. Al final de ese trayecto hay un sector conocido como bajos de Humagata, lleno de cruces, recuerdo a los Peñeros, como se les denomina a los socios de las agrupaciones o a quienes han bailado y han fallecido. El primer gran punto de descanso es el lugar llamado Humagata, donde tengo la oportunidad de conversar con algunos peregrinos mientras me doy un respiro. Me siento en un viejo tronco junto un horno de barro donde se hornea pan amasado. A mi lado se sienta una famiia compuesta por 3 mujeres, quienes me comentan que van a pagar una manda por un familiar que sufrió el año anterior un accidente y a quien los médicos le dijeron que no volveria a caminar. Pasados unos meses y luego que prometieran como famila hacer la peregrinación por su recuperación, su familiar comenzó a caminar. Es inmensamente emocionante escuchar

la convicción con la que comentan su historia de vida. En el trayecto se observa a personas de distintas edades y condiciones físicas. Yo sólo espero que el dolor de rodilla a causa de problemas de meniscos me permitan llegar al destino. Humagata es un pequeño poblado abandonado que se encuentra aproximadamente a mitad de camino entre el estacionamiento y el poblado de Livircar. El templo fue erigido en nombre de Santiago Apóstol, y es mencionado por primera vez en documentos del siglo XVII.Del antiguo templo se conservan sus muros de adobe, portada de piedra y en su interior, el muro del testero que contiene restos de pintura mural. Ya cerca del pueblo, retumban en la quebrada el sonido de las bandas que acompañan a las comparsas, bombos y bronces, muestra que ya estoy cerca, incentivo para recargar con las últimas fuerzas y aliento para completar la distancia final que nos separa para llegar a la iglesia. Llegando al pueblo cerca de medio día, me encuentro con las primeras

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personas acampando cerca del río. A la entrada se observan varios puestos de venta de artículos religiosos que son adquiridos por los peregrinos para ser bendecidos. Otros caminan rápido, con sus coloridos trajes, pregunto y me indican que a medio día hay una ceremonia en la iglesia, para dar inicio a los festejos. Uno poco más adelante, con la satisfacción de haber llegado al objetivo, me llama profundamente la atención una señora, de unos 80 años, descansando en la puerta de una casa. El bastón en su mano me parece indicar que hizo el recorrido a pie (los vendían en el estacionamiento), no a lomo de caballo, una muestra más de

devoción, sacrificio y fe. Más adelante nos encontramos con el Calvario del Santuario, lugar donde los peregrinos dan las primeras señales de agradecimiento por haber llegado

a destino y donde las agrupaciones realizan su primer saludo antes de presentarse frente a la Chinita. Ya en la Iglesia, lo primero que veo desde la puerta es la imagen de la virgen

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que está tallada directamente sobre la roca y mide aproximadamente medio metro. Se afirma que la imagen cada año crece un centímetro y que inicialmente fue del tamaño de

Publicado originalmente en la Edición N°019 · páginas 14–21 del ejemplar impreso.
Con el apoyo de