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Cultura Edición N°055 · páginas 3 Público

Medio pan y un libro

Página 3 de la Edición N°055 — Foto: archivo Curacavíve

CURACAVÍVE - REVISTA CULTURAL DE COLECCIÓN - SEPTIEMBRE 2026 / 03

Por: MARÍA JOSÉ GUALLAR KORN Periodista

Hace exactamente 95 años, en septiembre de 1931, invitaron a Federico García Lorca a inaugurar una biblioteca en Fuente Vaqueros, su pueblo natal, en Granada, al sur de España. En aquella ocasión, pronunció un inspirador discurso —los invito a buscarlo en internet y leerlo completo— cuyo contenido plantea la importancia de vivir una vida conectada con el amor a la belleza, a la cultura y, por supuesto, a los libros. La cultura y la creatividad no solo elevan nuestro mundo interior; también iluminan el camino que compartimos con otros. Nos permiten ampliar la mirada, hacernos preguntas, imaginar otras posibilidades y comprender que nuestra propia experiencia no es la única forma de habitar el mundo. El arte permite convertir una emoción, una intuición o una idea en algo que puede verse, tocarse, escucharse o leerse; en una forma de mirar el mundo que puede resonar también en otras personas. El arte y la cultura nos hacen más humanos. A través de ellos nos conectamos con algo que trasciende nuestra materialidad y nuestra propia existencia: se crea, se investiga, se escribe, se canta y se hace para otros. Hay en ese acto de desprendimiento una forma profunda de generosidad: aquello que alguien crea puede acompañar, conmover, interpelar o transformar la vida de otra persona, incluso mucho tiempo después de que su creador ya no esté. García Lorca, desde una lúcida sensibilidad social, se aleja de cualquier romanticismo y nos recuerda algo fundamental: la cultura no puede ser entendida como un lujo reservado para quienes tienen sus necesidades materiales resueltas. Al contrario, forma parte de aquello que necesitamos para vivir dignamente. En su discurso expuso: “No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales, que es lo que los pueblos piden a gritos.” Noventa y cinco años después de aquellas palabras, podemos preguntarnos: ¿los pueblos siguen pidiendo cultura a gritos? ¿O será que nos rendimos ante los encantos de un sistema que establece que el consumo es la llave maestra del bienestar?

Este año, el Gobierno realizó un importante ajuste al presupuesto de Cultura dando argumentos políticos, económicos y administrativos. Todo puede ser muy válido, pero resulta peligroso cuando se instala la idea de que la cultura es algo baladí: un pasatiempo, un adorno, algo que puede “no estar” y no pasa nada. Como para convencernos de que “la gente” tiene otras prioridades. En tiempos convulsos, violentos y de desesperanza, necesitamos mentes lúcidas y críticas; ojos sensibles capaces de reconocer la belleza, pero también de detectar la injusticia. Necesitamos recuperar la capacidad de atención, de concentración y de asombro para darnos cuenta de la trampa que significa rendirnos ante la entretención vacía de contenido o ante el consumo sin límite de la oferta fácil de las redes sociales, con sus videos breves que compiten ferozmente por nuestra atención y su capacidad de convertir cada momento de nuestra vida en una oportunidad de consumo. También necesitamos mantener una mirada crítica frente a la inteligencia artificial y a la fascinación que produce la idea de que una máquina pareciera tener todas las respuestas, que puede hacerlo todo, escribirlo todo, imaginarlo todo. Pero no. La creatividad humana sigue siendo irreemplazable. Y aquello que hacemos con nuestras manos tiene algo único: lleva consigo la huella de quien lo hizo. Es el resultado de un tiempo, de una experiencia, de una sensibilidad y de una historia que ninguna máquina puede hacer por nosotros. Por eso necesitamos recuperar espacios para la cultura, para el arte, para la lectura, para la conversación, para aprender algo que no tiene una utilidad inmediata.

Necesitamos lugares donde podamos equivocarnos, imaginar, crear, contemplar y encontrarnos con otros. Necesitamos experiencias que no estén diseñadas únicamente para producir, rendir o consumir. Necesitamos, por supuesto, tener nuestras necesidades básicas cubiertas. Para ello se requiere una base económica sólida y políticas públicas capaces de garantizar condiciones de vida dignas. Pero si solo nos preocupamos de satisfacer nuestros afanes materiales, corremos el riesgo de descuidar una parte esencial de nosotros mismos: aquella que nos permite habitar y mirar el mundo con mayor sensibilidad, criterio, atención, asombro y cuidado por algo que va más allá de nuestra propia vida. Quizás por eso, hoy las palabras de García Lorca siguen resonando. Porque el pan nos permite sobrevivir, pero el libro nos recuerda para qué y cómo queremos vivir.

Publicado originalmente en la Edición N°055 · páginas 3 del ejemplar impreso.
Con el apoyo de