Hans Zinnecker
Página 4 de la Edición N°055 — Foto: archivo Curacavíve
04 / CURACAVÍVE - REVISTA CULTURAL DE COLECCIÓN - SEPTIEMBRE 2026
Hans Han
Después de una extensa carrera científica entre Alemania, grandes observatorios y proyectos internacionales, Hans Zinnecker encontró en Curacaví un lugar para vivir con calma, pensar y seguir maravillándose con el universo. En esta conversación con Revista Curacavíve, recorre su historia, su vínculo con Chile y las preguntas que aún lo acompañan sobre la vida, la ciencia y nuestro lugar en el cosmos.
Nací en un lugar muy pequeño, un pueblito de apenas cinco casas, en Baviera, en una zona rural de Alemania en 1950. Mis padres eran campesinos y yo soy el mayor de los cinco hermanos. Mi padre fue prisionero de guerra en Rusia durante cuatro años, hasta 1949. Regresó poco antes de que yo naciera. Lamentablemente murió muy joven, a los 48 años, probablemente a causa de lesiones que arrastraba desde la guerra. Yo tenía solamente 22 años cuando falleció y por eso nunca alcanzamos a tener todas las conversaciones que me habría gustado tener con él. ¿Quién tuvo una influencia importante en tu infancia? Mi abuela tuvo una enorme influencia en mí. Ella me crió, en cierto modo, más que mis padres, porque ambos trabajaban en el campo. Recuerdo que caminaba muchas veces conmigo por el campo. Mis padres tenían una vida campesina muy sencilla; tenían cinco vacas y cinco niños. ¿Dirías que tu educación se dio más fuera de casa? Sí, siento que mi educación se dio más en la escuela que en la casa. Asistí a la escuela secundaria en una ciudad vecina, a unos once o doce kilómetros de mi pueblo. Iba todos los días en bus, la ciudad es Dinkelsbühl, en Franconia, Baviera. Es un lugar precioso, con una muralla medieval, afortunadamente no fue destruida durante la guerra. Vale la pena visitarla. Mi padre quería que yo fuera agricultor y al principio se oponía a que siguiera estudiando.
Fotografía: Nibaldo Guerra
Zinnecker
Pero mi primera maestra insistió, ella consideraba que yo tenía talento y logró convencerlo. Así me convertí, junto con el hijo del alcalde, en uno de los primeros estudiantes de nuestro pueblo en secundaria. Él y yo seguimos siendo amigos hasta hoy; se hizo médico y también está jubilado. ¿Tienes buenos recuerdos de tu maestra? Por supuesto. Le debo una enorme gratitud. Todavía está viva y tiene alrededor de 90 años. La visité en mi último viaje, hace aproximadamente un año. Ella misma provenía de una familia campesina de un pueblo cercano y era muy joven cuando comenzó a enseñarnos; tendría unos 24 años y nosotros fuimos sus primeros alumnos. Tuvo la fuerza necesaria para convencer a mi padre, algo que no era fácil. ¿Tu padre puso alguna condición? Sí. La idea era que, si yo no rendía bien, me retirarían de la escuela. Yo lo sabía y eso también me puso un poco de presión, pero siempre fui un buen alumno. Estuve nueve años en la escuela secundaria y tuve mucha suerte: encontré profesores fantásticos. Aprendí inglés, latín, griego, ruso y francés, además de matemáticas y física. Me iba muy bien en esas materias y muchas veces fui el mejor alumno de la clase. ¿Hubo algo que te acercara especialmente a la física? Al terminar la escuela secundaria recibí como premio un libro sobre los inicios de la física cuántica. Era un libro relacionado con Max Planck y el nacimiento de la física cuántica. Puede ser que ese regalo me haya empujado un poco en esa dirección. ¿Fuiste directamente a la universidad después de graduarte? No. Primero tuve que hacer dos años de servicio militar. Tuve la suerte de hacerlo relativamente cerca de mi casa y, además, fue una etapa importante porque allí empecé a jugar al fútbol. Había una cancha al lado y el deporte empezó a ocupar un lugar importante en mi vida. Pero antes del fútbol también corrías, ¿no? Sí. En la escuela secundaria corría mucho y era bastante bueno. Todavía recuerdo mi marca en los mil metros: dos minutos y 42 segundos. En esa época el atletismo fue mi deporte principal. ¿Y por qué cambiaste el atletismo por el fútbol? Porque correr es muy solitario. No eres parte de un equipo. Cuando me fui a Múnich a estudiar a la universidad, después del servicio militar, rápidamente entré en distintos equipos y durante mis años de estudio jugué mucho al fútbol. ¿Llegaste a jugar vinculado al Bayern Múnich? Sí, tuve relación con el Bayern Múnich en aquellos años. Era una época extraordinaria para el fútbol alemán. En 1974 Alemania ganó el Mundial de Fútbol y varios jugadores del Bayern formaban parte de la selección. Fue un momento increíble. ¿El deporte influyó en tu decisión de estudiar en Múnich? Sí, fue una de las razones. Múnich estaba a unos 150 kilómetros al sur de mi casa y, además, en 1972 había vivido los Juegos Olímpicos. Todo ese ambiente deportivo, los Juegos Olímpicos y después el Mundial, hizo que Múnich fuera un lugar especialmente atractivo para mí. Estuve en el Estadio Olímpico de Múnich y pude vivir muy de cerca ese ambiente. Por mi relación con el fútbol, conseguí entradas que incluso pude compartir con amigos.
En esos años también conocí a Gerd Müller, que fue muy amable conmigo. Él había nacido relativamente cerca de mi región, en Nördlingen, a unos treinta kilómetros de Dinkelsbühl. ¿Nördlingen tiene además una relación con la astronomía? Sí. Es un lugar conocido por razones astro-geológicas. Allí existe un enorme cráter de impacto, de 15 millones de años, y la NASA incluso entrenó astronautas en esa zona. Es curioso que un sitio tan cercano a donde crecí tenga también esa historia. ¿Conociste a otros grandes futbolistas? A Diego Maradona lo encontré dos veces por casualidad. Primero en 1986, en el mundial de México en un partido frente a Uruguay, en Puebla, en un tiro de esquina estuve muy cerca de él. La segunda vez lo saludé frente al Casino de Viña del Mar en 2008. Son recuerdos muy especiales de esa época. Hans, hablemos de astronomía y del proyecto del telescopio aéreo SOFIA de la NASA. ¿Por qué fue tan complejo instalar un telescopio en un Boeing 747 y volar con una gran abertura en el fuselaje? El proyecto se inició en los años noventa, pero tomó mucho tiempo porque era muy difícil instalar un telescopio en un Boeing 747 y volar con una abertura enorme en el fuselaje, prácticamente del tamaño de un portón (ver foto arriba a la izquierda). Había que asegurarse de que todo funcionara con seguridad. Se hicieron muchísimas pruebas, incluso en túneles de viento. Todo eso se realizó en la NASA. El avión era de la NASA, mientras que el telescopio era de origen alemán; por eso Alemania tenía alrededor del 20% del proyecto. ¿Qué responsabilidad tuviste dentro del proyecto? Me nombraron sub-director de ciencia, responsable de un equipo alemán de unas veinte personas del Instituto Alemán de SOFIA (de la Univ. de Stuttgart) . Mi influencia en las grandes decisiones era limitada, pero en la parte científica sí tuve bastante peso. Yo era un elemento crítico en la selección de las observaciones y en la evaluación de la productividad y del impacto científico, hasta mi jubilación en el 2018. Ese impacto era importante para justificar la continuidad del programa y evitar que se recortara el presupuesto. Finalmente, el programa terminó. ¿Era muy costoso mantenerlo? Sí, era carísimo. El presupuesto era del orden de cien millones, Hans Zinnecker junto a Andrea Lagarini Miret, su esposa, durante la charla espacial realizada en el Salón Municipal de la Ilustre Municipalidad de Curacaví con motivo del proyecto ARTEMIS II.
Hans Zinnecker durante una charla en el Planetario de Huechuraba junto a una multitud de niños.
© Florian Behrens (libro SOFIA)
Hans Zinnecker en su habitat natural, observando el cosmos en una noche mágica en San Pedro de Atacama.
El telescopio tenía que permanecer estabilizado durante el vuelo para poder observar con precisión. de dólares al año y un solo vuelo podía costar alrededor de un millón de dólares. Finalmente el presupuesto fue cortado y el programa terminó en el 2022. El avión quedó en un museo en el aeropuerto de Tucson, Arizona, mientras que el telescopio fue llevado a Alemania. Allí se proyectó un edificio especial para exhibirlo. ¿Qué hacía tan especial a ese telescopio? Era una pieza extraordinaria de ingeniería alemana, muy fina y, en cierto modo, artística.
Cuando un avión está volando hay turbulencias y movimientos constantes. El telescopio, sin embargo, tenía que permanecer estabilizado para poder observar con precisión, por lo que se utilizaron muchos sistemas para compensar esos movimientos. Tenía un diámetro de aproximadamente 2,7 metros. El objetivo principal era observar en el infrarrojo lejano, las nubes interestelares y los objetos fríos dentro de ellas. Esas ondas infrarrojas de 0.1mm no pueden penetrar la atmósfera, por eso el avión debe Ingenieros y astrónomos en el interior del avión junto al telescopio. subir a la estratósfera. El avión estaba operando en ambos hemisferios, norte y sur. Una vez, en 2022, el avión vino a Santiago de Chile por dos semanas para observar en vuelo hacia Isla de Pascua las nubes Magallánicas. ¿Hubo algún descubrimiento especial que puedas atribuir directamente a tu trabajo? No diría que hubo un descubrimiento que fuera mío. Mi responsabilidad era ayudar a aumentar y organizar las observaciones, motivar a la comunidad científica y hacer que el programa se utilizara bien, dado el costo involucrado. Viajé a muchos institutos en Estados Unidos y Alemania para presentar el programa y animar a los investigadores a participar. También formé parte de algunas publicaciones, pero mi función principal durante esos años era impulsar el proyecto y su productividad científica. ¿Por qué el observatorio se llamaba SOFIA? SOFIA significaba Stratospheric Observatory for Infrared Astronomy. Y había algo que me